215.- No tener celos ni obrar por envidia. (4,65)

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El texto de la Regla que traduce Iñaki, divide en dos instrumentos, pero en la versión tradicional son un solo instrumento. Esta es la causa de que en lugar de los 72 instrumentos de que siempre se ha hablado, encontremos en este texto 74.
Alegrarse  del mal de prójimo o entristecerse del bien que le sobreviene,  es el odio, objeto del anterior instrumento.
El entristecerse del bien del prójimo porque  de ese bien se deriva un mal para nosotros, o para otros, en algunas circunstancias puede ser objeto de la caridad. Entristecerse del bien del prójimo porque nosotros nos vemos privados de ese bien, se llama emulación, y  puede ser una virtud cuando son bienes espirituales los que  queremos imitar. Aspirar a carismas mayores, dice S. Pablo. Entristecernos del bien del otro, porque el prójimo usa mal, se llama indignación, y puede ser buena en ciertos casos.
Los celos que reprueba aquí S. Benito consisten en entristecerse del bien del prójimo porque este bien le da cierta superioridad sobre nosotros. O alegrarnos del mal que le sucede, en cuento este mal nos  da alguna superioridad sobre él.
Los celos son fruto del egoísmo y del orgullo,  que son vicios que excluye el apóstol del Reino de los Cielos.
Salva la parvedad de materia, o de consentimiento imperfecto, los celos es un pecado grave contra la caridad. La caridad exige que nos alegremos del bien de nuestros hermanos y que les amemos como a nosotros mismos.
Este pecado se hace muy grave, si intencionadamente nos entristecemos de los bienes sobrenaturales concedidos por Dios al prójimo. Es un verdadero pecado contra el Espíritu Santo.
Los males que produce dependen de diversos matices. Así una celotipia mal combatida puede tomar proporciones alarmantes y fácilmente  convertirse en oído. Se manifiesta por la maledicencia, la calumnia, la cizaña, y siembra el estrago en la comunidad.
Pero la primera víctima de los celos, es sin duda el  celoso mismo. Su pasión es como un cáncer que se extiende a todas sus facultades. Su espíritu está atormentado, su corazón corroído, su misma salud afectada, Su vida discurre en una melancolía profunda.
Los pequeños celos no combatidos, no conducen a esas desastrosas consecuencias, pero  envenenan todas las satisfacciones de la vida religiosa.  Como su corazón no está lleno de caridad, no puede alcanzar ningún consuelo del Cielo, y tampoco puede esperar de las criaturas, ya que las que el persiguen, se le escapan. Y el bien del prójimo se convierte en mal suyo. No puede encontrar consuelo en sí mismo, porque su enfermedad es la tristeza. De aquí que se tenga una vida religiosa perdida, o al menos paralizada por la envidia, según que esta pasión adquiera mayor o menor imperio.
Los remedios pueden ser tratar de distraerse  cuando se sienta violentamente esta tentación y descubrirla al Padre espiritual. Hacer el bien a aquellas personas que excitan nuestra envidia. Sobre todo orar y pedir con insistencia el don de la caridad. A la suplica añadir la reflexión   atenta de la fealdad de la envidia y sus funestas consecuencias.
Si queremos extirparla de raíz hay que entregarse a la práctica del desprendimiento interior y de la humildad. Si somos envidiosos es por que buscamos algo distinto de Dios. Somos envidiosos porque estamos llenos de nosotros mismos. Busquemos puramente a Dios, trabajemos por humillarnos verdaderamente, y no tendremos que temer el aguijón de los celos.

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