213.- Amar la castidad. (4,62)

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Para muchos, hablar de castidad es sinónimo de continencia sexual. Tanto es así que llegan a identificarla con el voto de castidad.
No es así como hay que enfocar el contenido de la castidad consagrada. Sería miope ver esta realidad tan rica desde ese único prisma. La continencia es una expresión más de aquella. La castidad es mucho más. Lleva consigo la continencia, la supone, pero no se identifica con ella. Sería como quedarnos en la superficie, sin ir a la raíz
Hablar de castidad es hablar de algo más importante y fundamental. De la fidelidad del amor de Dios para con nosotros y de nuestro amor a nuestros semejantes, que nacen de esta raíz. (Cf. PC 7)
La castidad es por tanto  cuestión de amor. Una vocación a la vida consagrada no se puede entender si no es desde esta clave. Es un amor que seduce y un amor que responde.
En la pareja humana, el amor también funciona así. Es cosa de dos y no hacen falta muchas explicaciones. Amor con amor se paga dice el dicho popular.
Igual  sucede en la vocación consagrada. La seducción y la respuesta no tienen otra explicación fuera de la lógica del amor.
Querer buscar más explicaciones podría matar el encuentro, tanto el humano como el divino.
Dios, el amante, seduce al amado que es capaz de entregarse a él con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas. Siglos de historia lo corroboran. La vida consagrada no necesita otra explicación que su propia existencia. Una nube de testigos nos precede en esta aventura, podemos decir con  Hebreos 12, 1. Es la herencia de los que han vivido contemplando el rostro de Cristo en momentos de intensa amistad y comunión con él, y han caído en las redes seductoras de su belleza.
El Derecho Canónico ven la vida religiosa como  una contemplación en la que ha madurado el deseo de estar siempre ante el Señor y de seguirlo (c.25) Un amor que está ya transido de infinitud. Que está llamado a ser fiel, continuo y perenne. Es un amor radical que totaliza  la existencia de la persona, al igual que totalizó la persona de Jesús.
Así la castidad en la vida consagrada no tiene otra explicación que esta  misma raíz de amor.
El vender todo  para comprar el terreno donde está el tesoro escondido o la piedra preciosa, solo es posible   como respuesta a un amor más grande y más seductor. Sólo se puede entender desde la locura de quienes dan  testimonio de la primacía y del señorío de Dios sobre su existencia.
Hablar del señorío de Dios sobre la vida humana, es quizás una osadía. Decir que Jesús y el Reino son los dueños de nuestra vida, quizás sea demasiado decir. Lo decimos quizás con la boca pequeña,  pues sabemos que hay otros señores en nuestra vida  que de cuando en cuando  asoman y nos dividen. De aquí muchas reacciones inexplicables miradas desde este nivel superior. Es por tanto más un ideal de vida que una realidad plena.
La santidad, o lo que es lo mismo, vivir la caridad perfecta, es más  reto permanente y una conquista diaria, que  un lugar donde ya hemos llegado. De aquí la necesidad de la humildad para aceptar que no acabamos de  tocar techo.
Vivimos caminando y creciendo en nuestra respuesta  vocacional, y por lo tanto en el modo de vivir la castidad consagrada. Nuestra respuesta al Amor es diferente, dependiendo de los momentos y de las edades por las que transitamos.
Las experiencias vividas, y el largo proceso de crecimiento humano que arranca desde la más tierna  infancia, también influyen el la manera de afrontar el reto de ir creciendo en la  vivencia de la castidad. Ir integrando nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, creciendo en la perfección del amor, no es algo que se de de una vez por todas. No es algo estático, sino vivo y dinámico que está en continuo crecimiento. Este crecimiento no es lineal como la línea que traza un reactor en el firmamento, sino  más bien tiene altibajos, como la línea que traza  un ave herida que trata   una y otra vez de remontar el vuelo.
Por no ser algo rectilíneo y que  acompaña toda la vida, no está de más el revisar de vez en cuando como estamos viviendo nuestra castidad consagrada. Si crecemos, si estamos estancados, o incluso si estamos caminando hacia atrás. Pero siempre a la luz del amor, que es el único lugar  desde donde se puede  entender y vivirla con autenticidad.
La pregunta fundamental que nos podemos hacer no es ver cuantas veces hemos caído en  debilidad (y mucho menos en la debilidad de la carne) sino la pregunta fundamental es la que hizo Jesús a Pedro al borde del lago: “¿Me amas?”. La castidad  es una cuestión de adhesión antes que de moral.
En la respuesta a esta pregunta, podremos observar si nuestro corazón ama de verdad y si vivimos  esa tensión espiritual que nos hace  estar centrados. Y quizás descubramos que otros “señores” como el poder, el prestigio, la comodidad, un amor propio exclusivo y excluyente, el propio ego,… se han adueñado de nuestro  corazón y han desplazado a su verdadero Señor.
Tratar de vivir  en esa tensión espiritual buscando la sintonía con ese gran amor, hace que vaya generándose esa unidad interior  y esa concentración de  nuestras energías en él. De aquí brota una capacidad de más amor y compromiso.
La opción de vivir la castidad consagrada, no se sostiene si no  tiene detrás la motivación fundamental de la fe. Vivir en esa  tensión espiritual requiere un constante ir a beber de la fuente, pues el amor es frágil y necesita alimentarse con el encuentro. Una planta sin agua se seca. También  un corazón consagrado sin la fe y el amor.
Por eso la vivencia de la castidad consagrada es sobre todo una cuestión de espiritualidad. Pero hay que estar atentos, pues se puede caer en la equivocación de creer  que  es solo es cuestión  de espiritualidad. Hemos de poner cuidado de no espiritualizar demasiado el amor, no sea que quede desencarnado e incapaz de  establecer relaciones, vínculos y afectos. (S. Bernardo)
Hay que comprobar si  nuestro amor es auténtico y real. En el amor de  una persona consagrada hay dos referencias fundamentales. La divina y la humana.
Se puede vivir en continencia y ser célibe sin serlo por el reino. (Menéndez y Pelayo decía que no había tenido tiempo para pensar en casarse).  Se puede ser célibe sin amar. Se puede decir que amamos a Dios y en realidad  no amamos a nadie. Se puede incluso amar profesionalmente  a personas externas que de alguna manera nos relacionamos y negar ese amor a los hermanos de la comunidad.
Sin amor de verdad no hay auténtica castidad consagrada. La castidad verdadera pasa por  las personas concretas y reales. “El hermano que ves”. Esta es la castidad que se vive como respuesta a una vocación de amor y que exige un compromiso  de amor total a Dios en los demás
Como somos humanos, podemos decir que no hay amor verdadero que no pase por la carne. No hay dualismo en nuestra visión del ser humano. No se puede amar a Dios a quien no vemos sin amar al hermano a quien vemos.
Así es la castidad que vivió Jesús, El es nuestra referencia. Amor infinito a Dios y amor infinito a los hermanos, y de modo particular a los más pequeños.
Sin referencia a Jesús, queda desfigurada y nuestra vida de castidad  quedaría vacía de contenido, pues no mostraríamos con nuestra vida ser memoria viva de Jesús.
Dificultades en el camino.
Sabemos que vivir así en esa tensión  hacia el verdadero amor, no es fácil. La razón de las dificultades está en la condición corporal humana,  y en la necesaria condición del amor que para que sea auténtico, tiene que ser  necesariamente encarnado.
Hemos dicho que es ante todo una cuestión de espiritualidad. Pero no tenemos que olvidar que en nuestro voto, entran otras fuerzas  en juego: nuestra historia personal, psicología, sexualidad, carácter, todo esto  influyen mucho en el modo como encarnamos el amor y en la estabilidad de nuestro corazón.
La fidelidad en el amor, que es la esencia  del voto, es una tarea ardua. Como cuerpo y alma que somos, el contacto con  las personas y las cosas,  hacen que estas se apoderen en algunas ocasiones enteramente de nosotros.
Son muchos los “señores” agradables que nos visitan (personas o cosas) y cada uno puede poner nombre a los suyos. A nada que nos descuidemos, nos seducen y ocupan el lugar de nuestro verdadero “Señor”. Como sin quererlo, nos encontramos separados de él, hasta el punto  de que  podemos incluso olvidarlo.
No es raro que de pronto nos encontremos despistados, sin  la tensión suficiente, incluso desfondados.
Cuando  comienzan los desiertos, las ausencias se prolongan. El fervor de los orígenes se seca. Un buen acompañante, un retiro, un libro, la intensificación de la oración, la entrega verdadera a la  vocación o quizás una sana dosis de ayuno táctico de personas o cosas, (la soledad) pueden ser medios para recuperar el aliento.
La entrega a las personas y el disfrute de la vida, son necesarios para  vivir a fondo la castidad consagrada, pero es necesario vivir todo ello unidos profundamente a la fuente de la vida. Si la fe esta sana, viva y fuerte, las debilidades no pasan de ser anécdotas.
Caminar desde Cristo en castidad.
Es el Espíritu Santo el que actúa en nosotros y nos ayuda  a equilibrar nuestro corazón, haciéndolo capaz de  armonizar la soledad y la contemplación con la entrega a los demás.
Sin esa fuerza de Dios en nosotros, sería imposible vivir en auténtica castidad. Caminar desde Cristo en castidad es llevar un tesoro en vasijas de barro.  Es la pequeña o gran batalla de crecer, ayudándonos con la gracia, en la integración de nuestra existencia, tendiendo a renunciar a otros absolutos por maravillosos que sean, para que sea Dios en el único absoluto.
Viviendo así el señorío de  Dios sobre nuestra vida, la castidad, como los demás consejos evangélicos  trasparentan  la radicalidad del seguimiento. Aun con alguna dosis de opacidad, la castidad se convierte en algo profético.  Además de anunciar al invisible en medio de una cultura de lo visible, denuncia los falsos absolutos en nombre del único Absoluto.
A su vez  la auténtica castidad consagrada, nunca es estéril. Vivir esta alianza con Dios y con los hombres tiene la cualidad de la fecundidad, pues tiene el atractivo de lo genuino.
La seducción que Jesús ejerce tiene mucho que ver con su vida de castidad. Entrega plenamente la voluntad del Padre, su amor  a los demás se hizo real y palpable a los ojos de  los que esperaban el auténtico amor. Con un amor auténticamente humano, los hizo ver como Dios les amaba
Este amor tan casto, gratuito y genuino es el que  robó los corazones de aquellos que se encontraban con el. (Este seductor) Este mismo amor es el que sigue robando los corazones de tantas personas que abrazan esta maravillosa forma de vivir en la Iglesia.
Caminar desde Cristo en castidad, significa en definitiva  aceptar  la fragilidad de un corazón humano que necesita  de la gracia  para crecer más y más en el amor verdadero y ponerse a navegar.
Viviendo en esa tensión vocacional, se reaviva perennemente la memoria viva de Jesús y volvemos a encontrar la razón de la nuestra.

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