95. Continuación del amar a Dios.

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– Ante todo amar al Señor Dios. (4,1)

Después de haber considerado la visión general y las fuentes de este capítulo, reflexionamos  un poco sobre cada uno de los instrumentos.
Mucho se puede decir de este primer instrumento. Libros enteros se han escrito, tratados como el de S. Bernardo sobre el amor a Dios.
Veamos alguna reflexión que nos pueda ser útil. Así podemos destacar como el amor diviniza al hombre de alguna manera, uniéndole a Dios, dándole la vida  sobrenatural, participación de la vida del mismo Dios.”Quien se adhiere a Dios de hace un mismo espíritu con El”.
Más que cualquier  otra virtud, engrandece al hombre y glorifica dignamente a Dios. Dios no mira el don que le ofrecemos, sino nuestro corazón. Todo lo que  podemos ofrecerle, no es nada a sus ojos si no le damos nuestro corazón por el amor.”No quiero tu don, te quiero a ti” dice La Imitación de Cristo.
Por eso es llamado el gran mandamiento, es el mandamiento final hacia el cual son dirigidos  todos los demás mandamientos. Todo lo demás son o grados para llegar al amor o medios para alcanzarle.
¿Para que los votos, la regla, los doce grados de humildad? Para llegar al amor. Entonces se llaga a la  caridad; dice S. Benito. Es el único mandamiento que permanecerá eternamente. La fe y la esperanza pasarán, solo quedará la caridad.
Es también la virtud más útil. Para los que aman a Dios todo es para su bien, dice el Espíritu Santo. La piedad (un aspectote la caridad) dice Pablo, es útil para todo. Ella tiene  las promesas de la vida presente y de la futura, es el amor  el que llena el vació del corazón y endulza las amarguras de este mundo y los sacrificios de la vida monástica.
El amor, dice S. Bernardo, alivia a los fatigados, fortifica a los débiles, alegra a los tristes, hace suave el yugo del Señor. Con el amor el monasterio se convierte en un verdadero paraíso. El amor  es por tanto la palanca para llegar a las virtudes. Hace fácil el trabajo, sostiene y reanima el valor, nos hace discernir mejor la verdadera virtud, nos arrastra a ella. “Dilatado el corazón por la inenarrable dulzura del amor se corre por la senda de los mandamientos de Dios”
Finalmente el  amor  es el que multiplica los méritos en este mundo y aumenta neutra gloria en el otro. La más pequeña acción hecha por amor puede tener  tanto y más valor a los ojos de Dios que las acciones más brillantes.
En tercera lugar  vemos como el amor es la virtud más necesaria. Todas las virtudes son necesarias, y cada una  tiene su brillo particular, pero sin caridad, pierden toda su belleza  sobrenatural.
Por eso debemos emplear todos los recursos de la vida monástica en la adquisición de este amor. Adquirir, practicar, perfeccionar el amor de Dios, a fin de hacer todas las virtudes más verdaderas, sólidas y meritorias. Este es el trabajo  espacial para un monje. Si no persigue este fin solo será un cuerpo sin alma. La caridad es el alma de las virtudes. Aunque yo tuviera una fe  que hiciera trasportar las montañas, aunque diera todos los bienes a los pobres, aunque entregase mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, no soy más que un cadáver. Donde no está la caridad, está la muerte.
La vida de la gracia desaparece sin caridad. De ahí la insistencia de S. Benito al  ponernos este primer mandamiento como base de todos los demás. Podemos preguntarnos, ¿es verdaderamente el amor de Dios el alma de nuestra vida religiosa? ¿Tenemos como principal tarea el adquirirla, el progresar en ella? In primis, dice S. Benito, que Iñaki traduce “ante todo”. Así lo expresan también nuestras Constituciones cuando dice:”No se ahorre esfuerzo alguno  para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio”  3,4.

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