94. Amor de Dios.

publicado en: Capítulo IVa | 0

Ante todo amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y además al prójimo como a sí mismo. (4,1-2)

En ninguna parte aparece tan patente  el intento de centrar los instrumentos en el terreno común del cristianismo, como en estas primeras máximas.
Aquí encontramos una de las originalidades más notables de la Regla y uno de los polos de su enseñanza.
No es que el Maestro y Benito sean los primeros entre los monjes, que ponen en primer plano  los dos grandes mandamientos. El Ordo Agustinianii, y el la Regla de Basilio, comienzan ambos con el amor a Dios y al prójimo, porque  estos son los dos mandamientos que nos han sido dados como prioridad, observa simplemente el Ordo.
Basilio explica largamente que hay un orden expreso  en las voluntades del Señor y que no se puede anteponer nada a estos dos preceptos generales, inscritos por Dios tanto en  nuestros  corazones, como en la Ley.
El doble mandamiento, puesto a la cabeza de estas dos legislaciones, desempeñan  en ellas, un papel incluso  más importante que en nuestras reglas  en las que solamente abren un capitulo particular.
No es una exageración  destacar la importancia del tema especialmente en Basilio, en el que la separación del mundo y el cenobitismo aparecen alternativamente como exigencias del amor de Dios y del prójimo. Así la fraternidad  basiliana toma su forma de estos dos  mandamientos.
Por el contrario, la teología espiritual de Casiano, no utiliza para nada estos dos preceptos fundamentales. En su obra jamás se cita alguno de los tres pasajes de los evangelios en los que Cristo los promulga juntos.
Lo mismo sucede con los dos versículos del sermón de la cena, en los que Jesús promulga su mandamiento nuevo, y hace de su observancia  que todos conozcan que somos sus discípulos. Los cita de paso y en un contexto que limitan notablemente su alcance. Es para manifestar la necesidad de la humildad. El signo de los verdaderos discípulos de Cristo  no figura más que donde el texto tratado lo pide, en la conferencia sobre la amistad, (Colación 16). Las grandes síntesis espirituales, las conferencias 1,3 y 11, por citar las principales, se despliegan sin recurrir a este mandamiento del amor mutuo y del amor a Dios.
Podemos  decir, por extraño que parezca, que la doctrina de Casiano ignora  los dos grandes  mandamientos, sobre todo el de la fórmula conjunta como el Señor los formula en los sinópticos.  Y este desconocimiento no es pura casualidad. Casiano siguiendo a Evaglio, hace de la caridad el término  al que llegan todos los esfuerzos para  alcanzar la perfección, no podía prácticamente presentar al amor como  principio del camino espiritual. Esta espiritualidad evagliana, surgida por los textos célebres  de S. Pablo y S. Juan, la caridad aparece como la virtud perfecta  que elimina todo defecto y expulsa el temor servil, colocándola así en la cima de la ascensión espiritual. El amor se revela como un bien ciertamente prestigioso y soberanamente deseable, pero también lejano y de difícil acceso. Queda reservado a los hombres perfectos que han  salido victoriosos de la lucha contra todas las pasiones y aquellos  que superando el estado de esclavos y mercenarios, han llegado a la condición filial. Por eso no hay que proponérselos indistintamente a todos  al principio de su ascensión.
Tanto el Maestro como Benito no ignoran este plan de Casiano. Incluso el Capitulo 7 está calcado en este plan, pero  aun colocando la caridad en la cúspide de la escala, no encuentran dificultad en poner el amor a Dios y al prójimo al principio de la  enumeración de las buenas obras.
En realidad estas dos formas de magnificar el amor no se oponen, si evitamos privilegiar una de ellas  sacando consecuencias demasiado rigurosas.  Es lo que hicieron  el Maestro y Benito, menos preocupados por la coherencia de Casiano y de sus predecesores, yuxtaponen tranquilamente la presentación de la caridad según los evangelios, como la visión sublime de esta virtud, elaborada por los alejandrinos a partir de las Cartas.
S. Benito introduce sin ninguna dificultad el “pro Dei amore” en el tercer grado de humildad.
Este principio de capitulo cuarto, llena una laguna de la espiritualidad de Casiano. Nuestra regla a diferencia de este último, recuerdan oportunamente  la importancia primordial de la ley divina.  Lo que quiere hacer entender es que no se puede poner un fundamento distinto del que ha puesto el mismo Dios. Este comienzo de capitulo, es una profesión de fe y una sumisión al evangelio.

Dejar una opinión