91.- Ascética benedictina. (Cap. 4, 5,6 y 7)

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Estábamos comentando sobre la relación que tienen en el ascetismo monástico las virtudes  correspondientes a los capítulos 5, 6,7 de la RB, obediencia, taciturnidad y humildad. La humildad destaca sobre las dos anteriores como más central, en su sentido amplio y profundo, es considerada por toda la antigüedad cristiana como la virtud madre,   mientras las otras dos son como sus hijas.
También podemos decir que la obediencia y la taciturnidad son como dos partes integrantes de la humildad.
La humildad se manifiesta positivamente en el ámbito de la acción en la obediencia, y negativamente, en un esfuerzo progresivo en el dominio de la palabra.
No parece exagerado afirmar que los capítulos  sobre la obediencia y la taciturnidad, pertenecen realmente al tratado de la humildad del que se desgajaron  para dar más relieve a sus temas particulares.
La vida del monje según la RB 49,1 tiene que  corresponder en todo tiempo a una observancia cuaresmal, o sea una especie de catecumenado. Una preparación ininterrumpida  para la Pascua eterna. Ahora bien  desde la Didaché hasta las instrucciones bautismales de Pirminio y de S.  Bonifacio, la doctrina que se daba a los  catecúmenos, se presentaba en forma de sentencias. Tal vez sea este el sentido profundo del singular capítulo  4º de la RB.
Al inicio de la parte ascética del código monástico, se propone esta larga lista de sentencias morales, de las que salvo  cuatro o cinco, no son específicamente monásticas, sino simplemente cristianas, con la finalidad de que el monje las aprenda de memoria, las asimile y procure ponerlas en práctica como preparación de la pascua definitiva de la gloria.
Para muchos, a primera vista y sin una previa reflexión  este catálogo  de los instrumentos de las buenas obras, es indudablemente el texto más  inesperado de la regla.
Sorprende en primer lugar por su género insólito y a primera vista también sin conexión con los tratados circunvecinos.
Al examinarlo más de cerca nos podemos sentir decepcionados  por no  encontrar  ningún orden en esta sucesión  de pequeñas frases. Y tratándose de un programa de buenas obras  a cumplir por monjes en vista a    la vida eterna, hubiéramos esperado una elección distinta, pues junta lo importante con lo accesorio. “Amar a Dios y al prójimo” junto con “no gustar de reír mucho”.
Sorprende también por su falta de relación con la realidad monástica, pues como antes dije, fuera de cuatro o cinco, las demás sentencias no son específicamente monásticas.
A la luz de la RM.  podemos encontrar algunas razones de estas sorpresas que una primera mirada sobre este capítulo, nos han sorprendido.
En la RM los cap. 3 al 6  contienen la misma materia, aunque con título diferente y algunas variantes.
Si nos fijamos en el directorio del abad y su apéndice, el consejo de los hermanos y el ars santa se presenta como un programa para la conducta y enseñanza del abad. En virtud de esta enseñanza, por el ejemplo y la palabra, se convierte también  en un programa para a los monjes, o sea en norma para toda la comunidad. Por eso RB termina con un “nosotros”.Tanto el abad como los hermanos, comparecen juntos ante el juicio divino.
De este modo, antes de dirigirse casi exclusivamente a los hermanos, en los capítulos siguientes se dirige al abad. Del abad,  ha pasado al abad reunido con los hermanos.
Como ya he resaltado anteriormente, este capitulo es como el preludio de la trilogía de las virtudes monásticas, que serán la materia de los siguientes capítulos: obediencia, taciturnidad y humildad.

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