117.- No dar falsos testimonios. (4,7)

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Tanto la calumnia como la detracción son una falta contra la justicia y la caridad con más o menos gravedad según las circunstancias.
Hasta hace pocos años se leía todos los años en un domingo de cuaresma, una advertencia o declaración del Capitulo general contra la detracción. Esto manifiesta que se considera una falta por una parte que  es fácil de caer, y por otra la gravedad de esta falta al aplicarle este remedio casi extraordinario. Hoy nos ocupamos de la calumnia, dejando para otro momento la detracción.
Por calumnia entendemos imputar voluntariamente  a nuestro  prójimo, un defecto que no tiene, una falta que no ha cometido.
Es más o menos grave teniendo en cuenta la falta imputada, la dignidad de la persona calumniada, según la mayor o menor falsedad de nuestra aserción, según la advertencia que tengamos de nuestras palabras, según las circunstancias en que hagamos la calumnia, y finalmente  según  los motivos más o menos fundados que nos hacen hablar.
En todo caso es un pecado que lesiona  vivamente la justicia y la caridad. Nuestro hermano tiene derecho estricto a la reputación y la calumnia le arrebata esa reputación. La animosidad es con frecuencia  la única  instigadora y por ello puede ser más culpable la animosidad, la malquerencia, que el perjuicio que causa al prójimo.
Se puede calumniar de varias maneras. El más culpable es el falso testimonio,  que apoya con juramento su perniciosa mentira. Es raro se de con este matiz en el monasterio, como de propio intento decir algo totalmente falso a los superiores. Es una gran bajeza.
Pero de una manera más suave, puede deslizarse en nuestra vida, excusándonos de una falta  que hemos cometido y haciéndola recaer sobre otros. Vigilándoles maliciosamente en determinada ocasión. Podemos calumniar con nuestras palabras, negando virtudes  o exagerando sus defectos, interpretando mal sus acciones.
El juicio temerario (aquel que se hace sin verdadero fundamento) participa de la malicia de la calumnia, porque imputa al prójimo falta que quizás no ha cometido.
Toda calumnia ha de ser reparada, como todo bien robado debe ser restituido. Es una obligación estricta  devolver al prójimo la fama lesionada. No siempre es fácil ni eficaz. (En una ocasión un monje se acuso al Padre de haber calumniado a otro. Le puso por penitencia ir por la ciudad desplumando un pollo y volver después a verle. A la vuelta, cumplida la misión le mandó volver por los mismos sitios donde había pasado con el pollo recogiendo las plumas. Imposible  Padre, dijo el discípulo. Pues así pasa con la calumnia que has levantado al prójimo, le dijo el Maestro) Por otra parte también la malicia de nuestra naturaleza que creemos más fácilmente el mal que el bien.
El mejor remedio y además radical, es evitarla. Pera ello cultivar la humildad, que nos llevará a no juzgar  al hermano, no juzguéis y no seréis juzgados. No dar crédito al mal, sino ante la evidencia y aún así, si no podemos disculpar la acción, la caridad disculpará la intención.

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