113.- No cometer adulterio.- (4,4)

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S. Benito  recuerda en los instrumentos, el sexto mandamiento en los términos que fue dado en el Sinaí. Lo recuerda como uno de los fundamentos esenciales de todo el edificio espiritual.
Se  puede considerar este instrumento desde dos puntos de vista. En el sentido material  del sexto  mandamiento, y en  lo que podemos llamar el sentido espiritual que utiliza frecuentemente la Escritura, llamando adulterio al culto a los falsos dioses.
Los vicios de la carne, enraizados en la condición humana en forma de simiente o raíz, pueden desarrollarse  si no se tiene verdadera vigilancia  sobre el corazón.
Los efectos que se siguen de su desarrollo, son bien lamentables. Embrutecen la mente que ya no capta las cosas espirituales, ahogan las nobles aspiraciones del corazón, enervan las facultades, oscurecen la inteligencia, debilitan  la voluntad, el carácter.
Arrebatan los bienes espirituales, no solo la caridad, sino que llegan a oscurecer la fe. En una palabra, asolan y arruinan toda la criatura humana.
Aquellos que se dejan arrastrar de este vicio en cualquiera de sus manifestaciones, dice S. Pablo, que no heredarán el reino de Dios.
Si este vicio es tan funesto para todo cristiano, lo es de modo particular para el monje,  que teniendo como tarea particular de su vida el encuentro con Dios, le impiden esta visión. Por eso Jesús llamó bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Las dificultades en esta lucha provienen de la debilidad de nuestra naturaleza humana, atraída irresistiblemente al placer, y que  seduce a la voluntad. También la dificultad proviene de la delicadeza de esta virtud, que no permite, pensamiento, palabra o deseo voluntario  contrario a ella.
Para vencer, es necesario guardar todos los frentes a la vez, porque el enemigo intenta entrar por cualquiera de ellos. S. Benito en la Regla nos ofrece los medios para triunfar  en esta lucha. Estas armas están enumeradas en  la regla. Desde no anteponer nada a Cristo, o la oración  o sea en la lucha  basada en el amor, hasta aquellas otras armas más bien  defensivas, como ocuparse en sanas lecturas, huir de la ociosidad que es enemiga del alma, observar el silencio, amar el ayuno, no amar las delicias, no darse al vino ni a la gula. Instrumentos  que aparecen a lo largo de este capítulo.
Pero la mejor manera de luchar en esta materia, es huir de toda ocasión, de todo aquello que puede ser ocasión de tentación. Es lo que enseñan S. Benito cuando dice que los malos pensamientos, en cuanto aparezcan, estrellarlos contra Cristo. El que no huye del peligro, perecerá. Quien ama el peligro, perece en él. Cierto que lo que pueda ser peligroso para uno, puede ser que no lo sea para otro. Depende mucho del temperamento de cada cual y de las experiencias vividas. S. Jerónimo, temperamento ardiente, consumido  por los ayunos, en medio de duras penitencias en su cueva solitaria de Belén, confiesa que en algunos momentos se sentía como  rodeado de hermosas jóvenes en medio de las fiestas de Roma.
S. Benito  en medio de soledad de la gruta de Subiaco, sitió tan fuertemente la tentación y los recuerdos de su estancia en Roma, que solo revolcándose en las zarzas, según cuenta S. Gregorio, consiguió el triunfo.

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