111.- Y después, no matar. (4,3)

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Quizás nos extrañe que S. Benito en una  regla para monjes, incluya este mandamiento entre los instrumentos de las buenas obras.
Este crimen bien sea bajo la forma de suicidio o asesinato, es uno de los  pecados más contrarios a la caridad y a la justicia, puesto que arrebata el bien temporal más precioso que es la vida.
¿Por qué lo  pone S. Benito en una regla para monjes? Podemos pensar, en primer lugar  para inspirarnos mayor horror  hacia este crimen.
En segundo lugar para poner en la base de nuestra vida cristiana y monástica el cumplimiento de los mandamientos de Dios.
Y en tercer lugar, poner en guardia a los monjes ante su debilidad, capaz de todos los crímenes, como lo prueba la experiencia, sobre todo en algunos tiempos más oscuros de la historia. Casos recientes lo confirman.
A causa de las pequeñas infidelidades, las pasiones crecen y se fortifican y pueden llegar al furor, al odio, capaces de todos los excesos. ¡Cuantos crímenes hace cometer  el orgullo, los celos, la venganza, la avaricia, la impureza! Y todas estas pasiones se encuentran en nosotros como en germen.
Si dejamos que se desarrollen, terminan por dominarnos. Y lo que hoy puede ser una ligera antipatía, puede llegar mañana a ser un odio implacable. No hay crimen cometido por un hombre que no pueda ser cometido por otro, que yo no pueda cometer. Y tanto más que la infidelidad a las gracias de la vida religiosa, aumentan más esa capacidad hacia el mal.  Así lo afirma el adagio popular: Corruptio optimi pesima.
Un monje infiel a su vocación a la santidad, puede convertirse en un verdadero demonio, como la experiencia lo demuestra.
El abreviar los días de manera voluntaria  es  también un crimen, si no se propone otra cosa superior. La vida es un bien relativo, y se puede sacrificar por un bien  superior.
Se podrá uno abrazar con austeridades o trabajos que abrevien la vida, pero no se  puede sin ofensa a Dios, perseguir directamente este objetivo. Cierto que la experiencia manifiesta que  una  sana austeridad, prolongan la vida. Me ha dado siempre que pensar, cuando  leo las “Vidas de los varones ilustres de la Trapa”, la gran mortalidad que había en esta época entre los monjes.
La vida tanto nuestra como la de los hermanos, pertenece a Dios. Nos esta prohibido romper el hilo de nuestros días  o abreviar la duración, si no es para obtener un bien superior. Así sería culpable, dejar a un hermano carecer de las cosas ordinarias y necesarias para su salud. Y así mismo, aquel que sin la debida obediencia y prudencia ha abusado de su salud.
Cierto que no se está obligado a buscar cuidados exquisitos y extraordinarios. Pero siempre hay que tener muy presente que nuestra vida pertenece a Dios y nosotros no podemos derrochar este bien de Dios.
También se puede dar el homicidio de deseo.  Es tan culpable como el de hecho, pues aunque sea ineficaz, no por ello es inocente. Es ir contra la ley de Dios desear la muerte de nuestro prójimo para vernos libres de él, o la nuestra por disgusto. Quejarse al Señor de que la vida que nos ha dado es una carga insoportable.
Tenemos por el contrario darle gracias por la vida, porque nos la conserva, y así poder crecer en el amor.
Si deseamos la muerte, que sea como S. Pablo, con plena resignación a la voluntad de Dios. “Cupio disolví et esse cum Christo”.

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