110.-El amor, base de la vida espiritual del monje.

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Después (amar) al prójimo como a sí mismo. (4,2)

S. Benito, en los dos primeros instrumentos, ofrece con  el doble precepto del amor la base de toda la vida espiritual del monje.
Teniendo por guía el evangelio, como ha dicho en el prólogo, vemos que el precepto del amor es algo  más que un precepto, ya que las obligaciones  que impone son bien distintas de cuantas nos vienen impuestas  por el resto de la Ley.
Incluso podemos preguntarnos si el amor puede llegar a ser  objeto de un mandato. Se dice que no pertenece al campo de la moral, sino de la submoral, porque el amor afecta a la sensibilidad, de suyo indómita. Quizás uno de los distintivos  más curiosos del amor cristiano sea este: que el amor constituye un deber pero ¿no es el amor la operación libre por excelencia?
Es preciso confesar que si Dios tiene el derecho de ser amado,  nosotros tenemos el deber de amarle. El Dios cristiano no se contenta con ser obedecido. Quiere ser amado.
En este sentido se puede hablar del amor como mandamiento, como repuesta  a un querer divino y en cuento obediencia que lejos de cercenar nuestro albedrío, trasciendo  sus características propias, para rodearse y alimentarse de libertad.
Es mucho más que un mandamiento. Nos ha otorgado el Señor la facultad de amarle, la facultad de oír su amoroso llamamiento  y de responder por  nuestra parte con el más encendido afecto.
Esta misma imposición y obligatoriedad, que el Señor ha querido grabar en nuestras almas es un argumento más de su amor.
Lo ha dispuesto así para que la visión y convencimiento de nuestra miseria, no nos retraiga  lo más mínimo de una función tan grande como es el amor al Señor y a sus imágenes, sus hijos.
Este mandamiento supone que nuestro amor a Dios  debe significar  mucho más que una mera complacencia en el bien. Exige donación, entrega, pues se refiere a un bien que es una persona. Exige algo más que puro sentimiento, ya que este, si es auténtico, impele a las obras.
Requiere algo más que una pasiva contemplación del objeto amado, puesto  que el objeto que amamos es Alguien capaz  de hacer oír su voz y de imponer su voluntad.
Exige igualmente algo más que la perseverancia en el amor. Reclama un progreso, un desarrollo, una aspiración: amar cada día más.
Si la esencia de la vida  es desear más vida, la del amor es no contentarse  con el amor presente.
Podemos pues hablar del mandamiento del amor, un mandamiento,  ciertamente del todo particular, pues más que hacer al hombre sujeto de determinadas obligaciones, hace al hombre entero objeto de ese mandamiento. Por eso no amaría cristianamente a Dios  quien preguntase por los límites del mandamiento, deseoso de saber donde termina su obligación.
He aquí la disposición de ánimo del escriba. ¿Quién  es mi prójimo? Hasta donde, que persona debo amar. Está demostrando con esto que amara solamente si su deber es amar, y solo en la medida que ese deber se lo exija. Su moral es casuística.
La conducta del samaritano no se inspira en  código alguno. Su ley es su corazón. Su caridad no brota más que de si misma, de su propia abundancia,  igual que la de Dios.
Jesucristo nos inculca una moral que está más allá de  toda moral. No nos resuelve esto o aquel caso concreto. Nos da  una luz de universal validez. Nos entrega la lleve que sirve para abrir todos los arcanos. Nos manda amar, pero quiere que amemos espontáneamente, lo cual no es un contrasentido ya que a  la vez que da la ley, nos da la gracia.
El amor es un mandamiento, una expresión de la voluntad divina, pero no es un mandamiento como los  otros. La libertad que ellos recortan en cuanto ordenan o prohíben algo, el mandamiento del amor la presupone, la respeta y hasta la exige. Exige  la libertad para que el amor pueda ser genuino.
Su situación respecto a los demás mandamientos es privilegiada y difícilmente formulable.  Se trata de un mandamiento que es base y consumación de toda la ley.  La caridad no pasa jamás.

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