105. La oración nos acrecienta el amor.

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– Ante todo amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el  alma, con todas las fuerzas. (4,1)

Hemos comentado palabra por palabra, este primer instrumento, considerando tanto las exigencias como las gracias que encierra su práctica, en nuestra vida ordinaria.
Podemos preguntarnos ante este panorama, cual es el medio para crecer en esta vida de amor. La respuesta es sencilla. La oración.
La oración nos excita al amor. Para amar a Dios es necesario conocerle y en  la oración, que es una conversación con El es donde descubrimos e incluso gozamos de sus gracias y consuelos.
Para amar a Dios es necesario querer, y la oración es lo que reanima nuestra voluntad, recordando  los motivos que tenemos para amar.
Para amar a Dios es preciso separarnos y salir de los apegos a nosotros mismos, y es en la oración donde se despliegan a los ojos de Dios los repliegues de nuestra conciencia. Nos descubre nuestras faltas, nuestras ingratitudes, nuestro orgullo y así va poco a poco separándonos de nuestro amor propio.
Para amar a Dios eficazmente, es necesario conocer su divina voluntad, disipar las ilusiones de nuestra alma, descubrir los lazos que nos atan y romperlos. Todo esto es el trabajo de la oración, de la meditación.
En la oración profundizamos en el conocimiento de Dios y de nosotros mismos. Esto nos lleva a reanimar nuestra voluntad, y tener un deseo más puro y eficaz de amar a Dios, y ese es ya un principio de amor.
También la oración nos hace practicar el amor. Para adquirirlo, es necesario practicarle. La oración nos lleva necesariamente a la práctica del amor. Una oración bien hecha no es otra cosa que el ejercicio del amor, bien en la consolación, bien en la sequedad.
Los actos variados de la oración como la adoración, la acción de gracias, la alabanza, la admiración, la contrición, la reparación, la complacencia, la benevolencia, de conformidad, todos son  diversos actos de amor.
No podemos hacer una oración sin practicar el amor. Y cuanto más intensa sea, supone un amor más grande.
La oración, después de haber excitado  el amor, se lleva al ejercicio práctico,  conduce al monje a una trasformación de las tendencias del alma.
Arrastrados por la contemplación de la grandeza de Dios y de las propias miserias, la memoria se deleita en el recuerdo de las gracias divinas. La inteligencia quiere profundizar cada día más en este infinito océano de belleza y de bondad. Sobre todo la voluntad arrastra tras de si a todas las potencias, lanzándolas hacia Dios por el acto de amor. La fortalece ante en los sacrificios que pide el desprendimiento, con resoluciones generosas, por la entrega completa de uno mismo.
La oración por tanto no es otra cosa que el aprendizaje y el ejercicio del amor.  Y por tanto todo el que quiera amar a Dios, tiene que ir por el camino de la oración.
En fin, podemos decir que la oración nos obtiene el amor. El amor es un don  del Espíritu Santo, que es necesario  implorar.  Sin oración no hay amor, y con la oración es imposible no llegar al amor.
La oración será más intensa y fervorosa, cuando más apreciemos el objeto deseado.
El amor es lo único necesario por lo que tenemos que implorarle en el oficio divino, en la eucaristía, en la comunión, en las visitas al Santísimo, en las oraciones privadas. Es una petición que tiene que estar continuamente en nuestros labios. Con el amor, lo tendremos todo. “Dame tu amor y gracia, que esto me basta”.

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