128.- No darse a los placeres. (4,28)

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Del día anterior indicaba como a partir del instrumento 10  hasta el 19  ofrece instrumentos plenamente evangélicos.
Negarse a sí mismo para seguir a Cristo lleva  como complemento el castigar el cuerpo, con lo que  los antiguos hacían referencia al ayuno. No darse a los placeres, significa aquí a no dudarlo, los placeres de la mesa. Es un matiz más de la propia abnegación y de la práctica del ayuno, que ya aparece claramente definido en el instrumento siguiente.
Casiano en la Colación quinta habla de las pasiones, y expone la doctrina tradicional del monacato sobre la gula. Puede servir de un autorizado comentario de este instrumento.
Hablando de la conexión existente entre los vicios, expone que si se quiere vencer la pereza, es menester  dominar de antemano la tristeza. Pero para vernos libres de esta, hay que reprimir antes la ira, la extinción de esta exige como  condición previa, pisotear la avaricia. Para extirpar la avaricia, hay que refrenar  con anterioridad la lujuria, y mal se podría contener  la lujuria quien no corrija primero el vicio de la gula.
Distingue tres clases de gula. La primera induce  al monje anticipar la hora establecida para la refección. La segunda le mueve a saturarse de cualquier manjar, sea el que sea. Poco le importa  la calidad de los  alimentos. La tercera le hace apetecer los manjares exquisitos y bien aderezados. Las tres causan al monje notable perjuicio, al menos  que procure liberarse de ellas con empeño.
Así como el monje no debe autorizarse a sí mismo a quebrantar  el ayuno antes de la hora regular, de igual modo debe reprimir la voracidad  y despreciar la suntuosidad y exquisitez en el aderezo de la comida.
De estos tres focos, se derivan para el alma diversas y gravísimas dolencias. La primera  engendra el odio al monasterio, haciéndose la permanencia en él cada vez más triste e insoportable.  No cabe duda que al fastidio, le sucederá muy pronto la deserción  o la huida. La segunda estimula el fuego de la lujuria, y estimula el aguijón de la carne. Y por fin la última prende a sus victimas en los lazos de la avaricia. Esto tiene como secuela inevitable, hacer al monje imposible fundarse en la desnudez de Cristo.
Los síntomas de esta pasión se podrán reconocer por una señal característica. Supongamos que un hermano nos ha invitado a su mesa. Nos sentimos descontentos porque los majares que ha preparado no son de nuestro agrado. Sin darnos cuenta de que podemos ser inoportunos, le pedimos que añada algún condimento complementario. Ni que decir tiene que esta postura hay que evitarla a toda costa por tres  razones.
La primera porque el monje tiene que ejercitarse siempre  en toda paciencia, y ha de vivir siempre pobremente. Como afirma S. Pablo tiene que contentarse con lo que hay. Además  difícilmente refrenará las pasiones ocultas y más violentas de la carne si contrariado su gusto por un insignificante sinsabor, es incapaz mortificar siquiera un instante las delicias del paladar.
En segundo  lugar puede suceder que nuestro huésped no tenga en este momento lo que solicitamos, en cuyo caso, inferimos  una afrenta a la necesidad y frugalidad de quien nos recibe al hacer  pública su pobreza, que él quería solo fuese conocida por Dios. Y en fin, es posible que el condimento que nosotros deseamos desagrade a  otros. Entonces por haber querido satisfacer nuestro apetito personal, habremos  mortificado a los demás. Por todos estos motivos, debemos refrenar sin miramiento  nuestra inoportuna libertad.
Al tratar de la lucha contra los vicios, cualquiera de ellos, en este caso contra la gula, dice que no puede haber otra actitud que la de una ofensiva a rajatabla. Considerando como nos ataca el vicio, dirigir contra él las saetas de los ayunos cotidianos, lanzar contra el a todas horas los suspiros del corazón y los dardos de los gemidos, ofrecer a este fin la penalidad de las vigilias, y ofrecer sin cesar su oración acompañada con lágrimas, pidiendo superar las opresiones del enemigo.
Es imposible conseguir la victoria contra cualquier pasión, si no estamos penetrados de esta idea madre: la industria y el propio trabajo, no pueden por si solos, obtener el triunfo sobre ella.
La experiencia enseña que no podemos sustraernos totalmente al contacto y compañía de la gula, ya que nos es indispensable el comer todos los días. Siempre estará en nosotros como algo natural el gusto por la comida y la bebida, por  más que pretendamos cercenar estos apetitos.
No pudiendo eliminarlos totalmente, podemos controlar su pernicioso influjo. No podemos prescindir del cuidado corporal,  pero no debe traducirse en un desasosiego, que inquiete nuestro corazón.
Símbolo de esta pasión de la gula que acecha al monje por espiritual que sea es el águila. Esta ave se eleva en raudo vuelo, más alla de las nubes hurtándose a los ojos  de los hombres,  pero de pronto, acuciada por el hambre, desciende a la tierra, penetra en lo más profundo de los valles y se mezcla entre cadáver nauseabundos.
Todo esto prueba, dice Casiano, que el espíritu de gula no puede extirparse radicalmente, ni hacerlo desaparecer como los demás vicios, Lo único que puede hacer la virtud es refrenar sus impulsos y combatir sus apetitos superfluos.

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