123.- Negarse a sí mismo, para seguir a Cristo. (4,10)

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Estábamos viendo el día anterior como la negación de sí mismo es algo esencial a la vida cristiana y muy en concreto a la vida religiosa, cuyas primeras manifestaciones las encontramos ya en la primitiva Iglesia, según veíamos el testo de  ET 3 con el que terminábamos ayer.
Desde  los primeros tiempos el rito del bautismo incluía la renuncia  al mundo y  al demonio, como condición necesaria para  poder seguir a Cristo.  Quizá por esta razón, los primeros monjes eran llamados “renunciantes”. Tan importante llega a ser la renuncia para el primitivo monacato del desierto que  siguiendo al pie de la letra la máxima evangélica, llegan a decir: Si alguno  no renunciare a todas las cosas del mundo, no puede llegar a ser monje. (Apotema de los Padres)
La renuncia no se hacía de una vez para siempre. Toda la vida del monje tenía que ser una continua y progresiva renuncia  a los bienes temporales, a las pasiones y vicios, y a todo lo sensible para ejercitarse en la contemplación de las cosas invisibles, según doctrina de Casiano(Col, 3)
La vida de los monjes era dura y exigente. Exigía una renuncia radical, pretendían dejarlo todo, pero el objetivo era poder participar  en la humildad y pobreza de Cristo, según Casiano en las Institucionesy que S. Benito fiel discípulo de Casiano  expresa en este instrumento al decir “para seguir a Cristo”. Ser un “pauper Christi” en frase de S. Agustín, en el más estricto sentido de la palabra, para poder participar de su destino. Si el monje vivía  crucificado con Cristo, era con la viva esperanza de participar  plenamente en la alegría y paz del Señor resucitado.
La profesión religiosa  seguía así la dinámica propia del bautismo y por ello era concebida como un segundo bautismo.
Renunciar era desde los orígenes como ofrecerse a Dios como único necesario, en la desnudez de todo lo demás. Renunciar significaba  para los monjes una valoración del Reino por encima de todo  lo demás. Dios y el Reino importaban más que todas las cosas, más que la misma vida  y no querían vivir la más que desde esta dimensión.
La renuncia del monje no puede entenderse sino como un proyecto, “voto” lo llama Orígenes, de seguimiento e imitación de Cristo,  No ofrece el monje lo puramente exterior, sino que se ofrece a sí mismo. La vida del monje es de renuncia, pero sobre todo es de preferencia, que asume desde la fe, que solo es comprensible desde la fe a la que remite de manera directa.
Más aún. Cuando terminaron las persecuciones, se considera que la vida del monje se asemeja en su renuncia al testimonio de los mártires. Aceptando  la muerte antes que negar su pertenecía a Jesús, el mártir  atestigua que para él los valores del Reino importan  más que todo el  resto. Al optar por la renuncia de unos bienes fundamentales,  el monje da testimonio de que para él  el Reino es primordial. Su renuncia se convierte en signo de los valores del Reino.
Es esta preferencia la que da sentido a la renuncia  y también la que la  carga de significado para la Iglesia, que puede haber perdido su radicalidad y empuje iniciales. Con su vida de renuncia el monje es una interrogación para el mundo y para la misma Iglesia. Quiere vivir por la renuncia, la radicalidad del evangelio, que por otra parte es propia de todo cristiano.
De la vida religiosa se hablará posteriormente como de un holocausto.  El holocausto era una ofrenda en la que se ofrecía a Dios  todo la victima. El hombre tiene tres bienes, las cosas exteriores, que ofrece por el voto d pobreza,  el bien del propio cuerpo, que se ofrece a Dios sobre todo por el voto de continencia, y el bien de su alma, que se ofrece por la obediencia. (Sto. Tomas)
Pero será una renuncia por preferencias vitales, asumidas en un proyecto de fidelidad radical  evangelio, como seguimiento de Jesús como único necesario.
Si algún religioso no siente la felicidad  que augura la renuncia, pudiera ser por su falta de generosidad como lo expresa  Tagore   en la parábola del Rey y el Mendigo.

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