120.- Honrar a todos los hombres. (4,8)

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Dentro de este primer grupo de instrumentos, basados en el decálogo, hay una notable  variante. En lugar de decir “honrar padre y madre”, leemos “honrar a todos los hombres”.
El cambio  está sin duda motivado por el hecho de que el monje ha abandonado a sus padres, para seguir a Cristo,  convierte este artículo en una máxima de hospitalidad, inspirada en 1 P. 2,17. Y que la RB utilizará al tratar de los huéspedes del monasterio en el cap. 53.
Honrar a una persona es reconocer  interior y exteriormente su  excelencia. Podemos honrar a los hombres  en razón de sus virtudes, de su edad,  de su autoridad. En este sentido honraremos más bien  a los santos por sus virtudes, a los ancianos por su edad,  a los superiores  por su autoridad, y esto según el criterio que tomemos.
Podemos honrar a causa de su participación en la bondad de Dios. Así en este sentido debemos y tenemos que honrar a todos los hombres, porque todos son criaturas de Dios, son imágenes de Dios, son hijos de Dios. Todos llevan en sí algún rasgo de semejanza con su creador. Debemos honrarlos sean lo que sean en la escala social. Además todos tienen un lado virtuoso, y si buscamos el bien, veremos en ellos  muchas virtudes que quizás a nosotros nos faltan.
Podemos preguntarnos como realizarlo. Aunque tenemos que honrar a todos, no quiere decir que tengamos la misma medida para todos. La RB, las costumbres de la Orden, la Ley natural, no indican  que tenemos que dar a cada uno el honor que le es debido.
Si queremos respetar a todos, una de las mejores reglas para poder realizarlo  es la de la humildad. Si somos humildes, conociéndonos nosotros mismos, y  necesariamente honraremos a los demás. Si el sentimiento de respeto es real se  traducirá en nuestras acciones, en las palabras y en el pensamiento.
En nuestras acciones la humildad nos enseñará a ser reservados, a saludar respetuosamente  a nuestros hermanos. En una palabra, la humildad hará desaparecer  toda expresión mortificante, inconveniente o burlesca.
En los pensamientos la humildad disipará los juicios temerarios, los sentimientos de desprecio  que comienzan a formarse. En fin la humildad nos ayudará a no detenernos en los defectos de los hermanos, sino a mirar sus virtudes. Veamos donde nos encontramos en este punto y veamos como observamos esta regla monástica y cristiana de honrar a todos los hombres.
La  estima que tengamos por todos  nos pueden indicar la medida de nuestra humildad. El humilde no desprecia a nadie y a nadie exceptúa de su respeto.

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