202.- Ocuparse con frecuencia en la oración.- (4,57)

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De ordinario  es en la  meditación de la que nace  la necesidad de conversar con Dios. Y a su vez, esta meditación o reflexión, como queramos llamarla, (no me refiero a meditación en el sentido antiguo de repetir una frase) nace  primordialmente  a través de la santas lecturas, o por  lo menos, de ellas toma su alimento.
De aquí que  S. Benito  ponga seguidos, como inseparables estos dos instrumentos. Después de recomendarnos el amor a las santas lecturas nos exhorta a darnos con frecuencia a la oración.
Lecturas nos descubren a Dios en su palabra revelada, en sus misterios  adorables, en los efectos admirables de su amor y su gracia, y nos impulsan a adorarle, alabarle, da darle gracias y amarle.
No son las lecturas la única puerta que conduce a la oración, pero son  el camino más ordinario para llegar a la oración. Si se hace bien la lectura, podremos ocuparnos con frecuencia en la oración, como quiere S. Benito indicarnos por medio de este instrumento.
Igualmente, más adelante al hablar del oratorio, dirá que si alguno  quiere orar en secreto, entre y ore. Parece ser que se refiere más bien a una oración mental.
Esta oración mental es la que todos los santos presentan como el gran medio de santificación. “Un religioso sin oración, dice S. Felipe Neri,  es un religioso sin razón”. Y S. Alfonso dice: ”Un  religioso que no ama la oración, imposible sea buen religioso”
Por eso, si practicamos este instrumento,  se desarrollará el espíritu de oración que llenará todo el día.
El P. de Foucould  afirma que para que nuestra vida sea una vida de oración  hacen falta dos cosas:  lo primero que en ella halla tiempo suficiente cada día exclusivamente consagrado a la oración, y luego, que durante las horas consagradas a otras ocupaciones, permanezcamos unidos a Dios conservando el pensamiento de su presencia  mediante frecuentes elevaciones. Es el “darse con frecuencia a la oración” que dice S. Benito y que él podría haber asimilado en sus años de monje.
De este modo Dios no será para nosotros un ser lejano. Estos retornos a Dios cada vez más frecuentes nos afianzan en un estado en el que el alma se encuentra como fija  en Dilos con un sencillo y amoroso recuerdo.
Así viviremos con El, siempre en su  presencia, participando de su vida  por la contemplación, el amor y la entrega de nosotros con todo lo nuestro.

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