199.- Oír con gusto las lecturas santas. (4, 55)

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Vamos a detenernos un día más sobre este instrumento, sin pretender por supuesto agotar el tema.
Las lecturas deben ser bien elegidas, ya que son como el alimento de nuestra alma.
Así  como los buenos alimentos recibidos en un estómago sano ayudan a gozar de buena salud, del mismo modo las lecturas  hechas por un monje bien dispuesto en su interior, le harán cada vez más fuerte y generoso para el divino servicio.
Si  por el contrario vamos como las mariposas  de flor en flor (mariposeando) sin detenerse a sacar el néctar de ninguna, si no leemos más que frivolidades,  nuestras lecturas nos harán necesariamente frívolos.
La finalidad de nuestra vida monástica es buscar a Dios. Tengamos por consiguiente aquellas lecturas que nos faciliten esta búsqueda,  para que tengamos medios para conseguirlo, y estimularnos en los momentos de debilidad.
En segundo lugar, no basta que la lectura sea  santa, es preciso que sean apropiadas a nuestro momento espiritual. Un libro que a uno le viene bien, a otro puede que le deje frió, e incluso  perjudicarle.
Siempre será un elemento saludable, la lectura del NT, la Regla, las obras d e S. Bernardo donde encontramos  a un mismo tiempo Sagrada Escritura, Regla  y teología ascética y mística. En una palabra, toda la ciencia necesaria a un monje cisterciense. Este fue el alimento que nutrió a las primeras generaciones de monjes, en la edad de oro de la Orden.
S. Benito precisa el modo de oírlas (hacerlas) “libenter” es decir con gusto, de buena voluntad, con espontaneidad. El alimento para que haga todos sus efectos, tiene que ser tomado con apetito. Debemos darnos a la lectura con un afectuoso deseo. Y no  es una vana curiosidad que busca el placer, o que quiere simplemente estudiar por el hecho de saber, adquiriendo una ciencia especulativa.
No es a la criatura la que tenemos que buscar, sino la justicia. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, solo así con esta condición es cuando Jesús dice que serán saciados.
En deseo  por  las santas lectura no es otra cosa  que celo por nuestro único negocio la trasformación en Cristo.
Si queremos sacar provecho de las santas lecturas, tenemos que leer  con humildad, sencillez, fidelidad, y no para aparecer sabios.
Algunos se preocupan más de saber que de vivir santamente y de ahí por que se extravían con frecuencia y no sacan ningún fruto de la lectura.
La lectura debe ir acompañada de la oración y la reflexión. Según S. Benito la oración debe preceder a todos nuestros actos, debe de modo particularmente presidir nuestras santas lecturas.
Vamos a escuchar a Dios que nos habla a través  del libro que tenemos entre manos. Pidámosle que abra nuestra inteligencia a sus divinas enseñanzas. Sin la gracia de Dios no podemos comprender ni gustar, ni practicar su ley. Pidamos esta gracia y la recibiremos. En el libro de los Usos se mandaba que por lo menos los primeros versículos de la Biblia los leyésemos derrotillas en la lectura particular de cada uno.
La gracia, sin embargo, no lo es todo, si queremos hacerla producir todo su fruto, será necesario  que la ayudemos con el trabajo de la reflexión. Así como el alimento, si queremos que nos aproveche, tenemos que masticarle, lo mismo sucede con el alimento del alma.  De nada sirve leer mucho, lo importante es aprovecharnos bien de la lectura reflexionándola con cuidado, interrumpiéndola de tiempo en tiempo, no con la finalidad de discutir el estilo o las opiniones del autor, sino para asimilar la verdad práctica que propone. Así lo entendieron S. Benito y nuestros primeros Padres. Leían atentamente, reflexionaban  y luego marchaban al coro con el espíritu lleno de de santos pensamientos, y el corazón todo dispuesto a las comunicaciones del Espíritu. Así lo hacía también el P. Francisco cuando estudiaba la teología en La Oliva. Después de estudiar y reflexionar un tema, acudía  a la capilla de la enfermería para orarlo.
Si hacemos así las santas lecturas, nuestra oración estará siempre preparada. 

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