194.- No ser amigo de hablar mucho. (4,53)

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El Espíritu Santo declara que la lengua es un instrumento de iniquidad, y que nos es imposible evitar el pecado si hablamos mucho. (Prov. 10,19) El que habla mucho hiere su alma (Ecle. 20,8)
Un hombre locuaz, dice S. Ambrosio, es un recipiente lleno de hendiduras, que deja escapar  por todas partes el licor precioso que debía contener. Pierde toda su riqueza interior y se deja invadir por las malas aguas de fuera.
Pero  no solamente hemos de evitar el pecado, sino que hemos de  huir de toda ocasión de pecado. Si conservamos afecto al pecado, somos tan culpables como si lo hubiéramos cometido, y si no evitamos la ocasión, es señal de que le conservamos más o menos afecto.
Si tenemos horror al pecado, debemos por ello  evitar las conversaciones largas, porque son  según el Espíritu Santo una ocasión cierta  de pecado. El mero gusto de hablar mucho denota una tendencia que se aproxima al pecado.
¿Por qué gusta hablar mucho? ¿Es por la gloria de Dios? No será  principalmente por nuestra propia satisfacción Y es ya una imperfección.   Y si para procurarnos esa satisfacción natural descuidamos alguno de nuestros deberes., estamos en el desorden del pecado aún antes de haber hablado.
La virtud del silencio no consiste en no hablar nada, ya que hay cosas que es necesario decir. S. Benito no prohíbe e las comunicaciones necesarias a no ser  en ciertos momentos consagrados al silencio de un modo particular. Lo que prohibe son las palabras inútiles. No consiste tampoco en no hablar mucho, ya que hay circunstancias y cargos que exigen largas conversaciones. Ntro. Señor hablaba con frecuencia todo el día. S. Francisco de Sales y  otras tantos santos, ase veían a menudo obligados  a hablar horas enteras.
La virtud del silencio consiste en amor al silencio. No se posee esta virtud, si aunque no se hable, se desea la conversación  y se manifiesta mucha alegría cuando se encuentra alguna ocasión de hablar.
Se la puede poseer por el contrario la virtud del silencio hablando mucho, si no se aman las conversaciones y si se encuentra siempre con agrado en la soledad.
La vida interior reclama igualmente el silencio. En el silencio y la quietud  progresa el alma devota, dice la Imitación, porque allí encuentra el alma torrentes de lágrimas para lavarse y purificarse, para hacerse tanto más familiar con su Creador, cuanto  más alejada esté de todo tumulto del mundo.
Pero si nos gusta hablar mucho, nunca llegaremos a la vida interior. Dios no se comunica más que a las almas silenciosas. La llevaré a la soledad y allí le  hablaré al corazón (Os. 2,14) El Señor no viene a nosotros cuando nos lanzamos en medio  del torbellino y agitación de las criaturas. El Señor no está ni en el terremoto ni en huracán, sino en la suave brisa. (1 Re. 19)  Es preciso prestar oído atento para oírle.
El monje que está unido a Dios no siente necesidad alguna de  hablar. No solamente vive en soledad, sino que ama la soledad que le permite tener un ambiente de silencio. Esto es muy importante, me decía el P. General en Cardeña, pues afecta a la esencia de nuestra vocación. Fijarse no tanto en si se vive en soledad, cuanto que se ama la soledad.
Por el contrario, las conversaciones humanas le fatigan por su vanidad, su mentira o su egoísmo. Prefiere mil veces la conversación divina de la oración donde respira a pleno pulmón la verdad para su inteligencia y donde toma  para su corazón un alimento sano, abundante y delicioso. No solo no le gusta hablar mucho, sino que detesta  los entretenimientos superfluos que como sabe por experiencia le arrebatan la dulzura de la oración. Le hace perder a menudo la unión con Dios y dificulta la vuelta al recogimiento.

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