193.-Abstenerse de palabras malas y deshonestas. (4,51)

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Nuestra boca está consagrada  de un modo particular al servicio de Dios. El lenguaje del mundo no nos está permitido. En la medida que nos dejamos empapar del espíritu monástico se manifestará por un nuevo lenguaje.
Nuestra boca, como la del justo de los salmos,  debe meditar la sabiduría y está destinada a bendecid y alabar a Dios. Cuan limpia tiene que ser la boca del que canta todos los días las alabanzas del Señor, del que  recibe el cuerpo de Cristo.
Y no obstante es fácil manchar la lengua con palabras groseras o culpables. Casi tan rápida como el pensamiento, la palabra sale tan rápida como una flecha llevando la devastación a todas partes por donde pasa.
Si guardamos bien nuestra boca, preservaremos nuestra alma de muchas faltas, y no seremos motivo de escándalo para aquellos que nos escuchan. Porque si la boca del justo es fuente de sabiduría, del mismo modo  la boca del impío produce muchos males, dice la Escritura.
Lo que S. Benito nos manda en este instrumento, no es más de lo que tiene que hacer todo cristiano y que  posteriormente nos recordará en el capitulo del silencio. Pero en este deber se oculta una gran perfección, según dice Santiago: El que no ofende con la lengua, es un varón perfecto.
La palabra mala no es solo la que ultraja a Dios  por el desprecio de su santo nombre. Es también la que desgarra al prójimo por la calumnia,  la injuria, la que ofende a la pureza por la licencia del lenguaje. La que ofende a los demás con palabras groseras, que manifiestan el bajo nivel cultural y de educación.
Es mala toda palabra que parte de un principio malo, es perversa toda la que tiene un mal fin. Es por tanto mala toda palabra que tiene por origen el orgullo, la vanidad, la cólera, la envidia. Es también toda palabra que tiende a lesionar la justicia, la verdad, la caridad. Toda palabra que perjudica al hermano en sus bienes, en su cuerpo o en su alma. Toda palabra que ofende los oídos del que la escucha.
¿Cómo preservarnos de estos males? De dos modos, primero velando atentamente sobre nuestras palabras, y  en segundo lugar, reflexionando  maduramente antes de hablar. Así nos  lo dirá S. Benito en el capitulo sobre la humildad en el 9 y 11 grado.
El Espíritu Santo ya dijo en el Eclesiástico, dichoso el que sabe poner una guardia en su boca y un sello a sus labios, no será victima de su lenguaje. Pero no basta esta vigilancia exterior, hay que ir a la raíz del mal, que está en el corazón. La palabra no es más que la manifestación de los sentimientos y disposiciones del corazón. De la abundancia del corazón habla la lengua. Es por lo tanto el corazón al que hay que limpiar de todo sentimiento de orgullo, antipatía, envidia.

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