191.-El combate espiritual

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Estrellar los malos pensamientos  que le combatan, en Jesucristo. (4,50)

De una manera gráfica y considerando a Cristo como la roca de que mencionamos en los salmos, S. Benito enseña como se ha de luchar contra el mal en su mismo inicio.
Jesús está cerca de nosotros. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Es más, está en nosotros por su gracia y por lo tanto pronto a socorrernos cuando le invocamos.
Conoce los malos pensamientos que nos asedian, ve nuestras luchas y cómo les resistimos. Esta verdad de la presencia del Señor que es útil siempre, lo es mucho más en las dificultades o tentaciones.
El enemigo comienza por sugerirnos un mal pensamiento, que puede ser  muy variado: orgullo, presunción, de desaliento, de codicia, de envidia, de gula… es una flecha emponzoñada que no tenemos que dejarla entrar en nuestro corazón.
Si no lo rechazamos, tras el pensamiento vendrá el agrado, y esta delectación producirá el deseo  y llegará finalmente el consentimiento, o sea la muerte del alma. Como los israelitas en el desierto, levantemos los ojos a la serpiente de bronce, mirar a nuestro Señor y el cruzar nuestra mirada con la suya  bastará ordinariamente para alejar de nuestro corazón  los pensamientos peligrosos que hayan podido introducirse.
Los méritos de nuestro Señor son todo nuestro recurso. Jesús es nuestro salvador, dándonos su sangre, su vida. Aplicarse diariamente sus méritos podremos luchas contra el mal, ya que solo unidos a El podremos hacer el bien.
El que se apoya en la gracia de nuestro Señor, es invencible y por ello hemos de poner todo nuestro esfuerzo en permanecer unidos a los méritos del Salvador, pero lo es sobre todo cuando arrecia la tempestad. Reconociendo nuestra impotencia absoluta para vencer la tentación, redoblemos la confianza  en aquel que quiere y puede salvarnos. Lanzarle un gripo como los apóstoles: Señor, sálvanos que perecemos. O decir con la calma y confianza de Marta y María: Señor, el que amas está enfermo.
S. Benito nos propone al fin del prólogo, a participar en la pasión de Cristo. Nos ofrece a Jesús paciente como ejemplo de paciencia, obediencia y humildad. Repite varias veces que tenemos que amarla más que a todas las cosas. No anteponer nada al amor de Cristo.
En la meditación frecuente de la pasión, recibiremos como S. Benito y todos los santos, el espíritu de amor y sacrificio. En esta meditación encontraremos sobre todo la victoria sobre una tentación persistente. S. Bernardo decía a sus monjes y en ellos a nosotros: “vuestra Pasión es nuestro refugio supremo y remedio eficacísimo para curar todos los males, de modo que cuando la sabiduría nos abandona y nuestra justicia es deficiente y sucumben los méritos de nuestras buenas obras, entonces viene ella en nuestro socorro.”
Veamos como expía Jesús nuestros   pensamientos de orgullo,   con oprobios y humillaciones. Como expía nuestras  culpas y veamos si queremos renovar, en frase de S. Pablo, sus torturas.
Con esta contemplación, unida a la oración, es imposible que no se encuentre la energía, la pureza, la calma, la paz. 
Así obraba S. Bernardo y lo enseña: “por lo que a mí me toca, hermanos, desde el principio de mi conversión, para suplir  en lo posible mi absoluta carencia  de méritos, he tenido que formar un manojito y colocarlo entre mis pechos, después de haber juntado en un haz,  todos los dolores y amarguras de mi Señor.” Y va recorriendo todos los sufrimientos desde su niñez hasta la cruz, Y sigue, “mientras tenga vida me acordaré de esos favores tan señalados, jamás olvidaré esas inefables misericordias pues a ellas soy deudor de mi vida.”

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