174.-Meditar en la muerte.

publicado en: Capítulo IVa | 0

Tener cada día, presente ante los ojos, la muerte, (4,47)

Llama la atención que al hablar de los novísimos, emplea S. Benito una terminología muy expresiva. No se trata de un recuerdo fugaz y pasajero cuando habla de la muerte, como cuando habló del infierno dijo “espantarse” y del Cielo desearle con todas las fuerzas.
Es cierto que un día moriremos, es cierto  que moriremos una sola vez y en cierta medida podemos también decir que de ese momento depende toda la eternidad. Tres motivos  para pensar y tener presente este momento crucial, único y decisivo de nuestra vida, y hacerlo objeto, como quiere S. Benito,  de cotidianas reflexiones.
La muerte es el fin de la vida, su acto más importante, y el momento del que depende toda una eternidad. Momento que una vez pasado, no vuelve más.
El recuerdo frecuente es un poderoso medio para perseverar en la virtud en medio de las dificultades. Después de la muerte ya no podemos adquirir ningún mérito, pero hasta ese momento cada uno de nuestros instantes puede ser ocasión de un enriquecimiento espiritual.
El recuerdo de la muerte es un aprendizaje de la misma. Podemos preguntarnos en qué disposiciones nos gustaría estar en ese momento, para cultivar esas disposiciones. Y esto nos invita a pedir la gracia de una buena muerte. Nos tiene que llevar a ponernos enteramente en las manos de Dios y poner en El toda nuestra confianza.
Si durante nuestra vida hacemos con frecuencia estos actos de abandono y confianza, los haremos más fácilmente en el momento de la agonía.
S. Benito quiere que la muerte sea para nosotros “sospechosa”, o sea que puede llegar en cualquier momento. Es lo mismo que nos dice Jesús, que vigilemos, `pues no sabemos ni el día ni la hora. Puede llegar en cualquier momento (Apo. 3.3)  De ordinario es una sorpresa y seremos sorprendidos como todo el mundo, en la hora que menos se piensa.
Tan cierto como moriremos  un día, es incierto el momento y las circunstancias. ¿Tendremos el consuelo de morir en medio de nuestros hermanos, recibiendo los sacramentos con pleno conocimiento? O bien será una muerte repentina. Recordemos la muerte reciente del H. Florencio. No sabemos nada ni podemos  hacernos una idea  con alguna probabilidad. Únicamente depende de  la voluntad de Dios y Dios no quiere manifestarnos su secreto. Se contenta con advertirnos: Vigilad.
La muerte también es un maestro elocuente que nos ayuda en el camino de la santidad. Nos enseña  el desprendimiento de los bienes de este mundo que pasan tan rápidos. ¿e son las riquezas, honores, los placeres en presencia de la muerte?  Nos enseña la humildad recordando que somos polvo,  y que  muy pronto seremos olvidados, incluso despreciados por los que nos han conocido. Y  sobre todo nos enseña a pesar con justa balanza las acciones que realizamos.
¿Qué importancia concedemos a las bagatelas, hasta el punto de perder la paz y el sueño por ellas?
Poniéndonos en presencia de la muerte, no nos costará trabajo rectificar nuestros juicios. Y mucho aprovecharíamos si cada una de nuestras acciones, Oficio Divino, Eucaristía, lectio, las hiciésemos como si fuesen las últimas de nuestra vida.

Dejar una opinión