172.-Sentir terror del infierno. (4,45)

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Con el pretexto de que los motivos de amor son más poderosos  para excitarnos a la virtud, estamos expuestos a dejar de lado en la vida religiosa, y en nuestro mundo actual, esta consideración y verdad de fe.
No obstante, s. Benito escribiendo su Regla para monjes, propone este instrumento y con unas palabras muy fuertes: Gehennam expavescere. Y  no  podremos sentir este horror si no es reflexionamos sobre él.
S. Ignacio, en los ejercicios dedica  un día entero, o sea cinco meditaciones,  a esta verdad y es un error excluirla  tanto de la vida ordinaria del monje, como en los días de ejercicios. En los ejercicios es una piedra clave. Prescindir de ella es prescindir  de un elemento importante en la marcha de purificación que se realiza durante la primera semana de ejercicios. Su principal finalidad es llegar a un profundo aborrecimiento del pecado, ya que el pecado no aborrecido, es el camino de la perdición.
Hay que obrar siempre por amor, dentro y fuera del monasterio, dentro y fuera de los ejercicios. Esta es  la norma general, y un temor servil no es propio de un alma consagrada ni de un cristiano.
Para que una meditación sobre el infierno sea provechosa y bien centrada ha de hacerse a los pies de Jesús crucificado, dejando al alma que se llene de efusiones de amor agradecido, no con un amor servil.
Lo habitual en la vida del monje ha de ser un amor agradecido que nos impulse a seguir a Jesús. El temor puede servir en algún momento de freno. Pero ir al Calvario y estar dispuesto a morir por Cristo, solo nos lo puede comunicar el amor. El temor no es suficiente  para lanzarnos  por este camino de seguimiento.
Menos aún se pretende con esta reflexión llenarnos de congoja y miedo, sino activar el amor con este recurso y esta verdad de fe.
Esta reflexión del infierno, puede servir en primer lugar como de una fuerza de reserva. Puesto que la salvación es algo tan importante, hay que agotar  los recursos  para asegurarla. La gracia es abundante, Jesucristo  nos redimido a todos. Pero Jesucristo, la gracia, pueden ser despreciados por nuestra voluntad seducida por el mal. Y tenemos que ayudarla con todos los medios  para que permanezca  firme en el camino del bien.    
Es claro que nuestra salvación comienza ya en la tierra, a través del trato amoroso con Dios, viviendo la filiación. Sostener e intensificar esta comunión ha de ser nuestra  mayor preocupación. Cooperar a la gracia, que no nos ha de faltar. En esta tarea, el santo temor sirve como fuerza de reserva. La libertad humana, don nobilísimo que Dios nos concede, pero que también  pavoroso, pues lo podemos utilizar para el mal, puede elegir el separarse de Dios.
Esta voluntad se ve solicitada por fuerzas poderosas  de dentro y de fuera. Es frágil, es débil, y puede acceder a los atractivos naturales apartándose de Dios. Y llegar a la separación de Dios es precipitarse en el mundo de la  condenación. Y esto no es un caso hipotético, aislado que podría darse. Es la historia de muchas  almas que Dios creó y se apartaron de El. No podremos decir de ninguna en concreto que se haya condenado, pero  por las muestras exteriores y las señales de desesperación  a la hora de la muerte, se puede pensar de almas que algún tiempo fueron fieles pero que poco a poco se desviaron del camino del bien.
La existencia del infierno es una verdad que aparece clara en la Escritura. Hoy día muchos que de una manera o de otra niegan su existencia por las más variadas razones, pero está claro en la Escritura y el Magisterio.
El que sean muchas o pocas, no  es algo que pueda interesarnos en este momento. El P. Lombarda, fundador del movimiento de un Mundo Mejor, hablando con Sor Lucia, le exponía su pensamiento de que  solo los grandes malhechores se condenaban. Sor Lucia  le dijo que estaba en esto muy equivocado. Pero dejando de lado la opinión de Lucia y sus visiones y revelaciones, que no son Magisterio de la Iglesia, no entramos en este punto.  Aunque fuera una sola entre todas las personas que formamos la humanidad, sería suficiente motivo para temer no fuese yo que infiel a la gracia, me pudiera perder. En el plano humano somos más solícitos para precavernos de los males físicos.
Es por tanto un peligro real, no imaginario, que hay que prevenir. Si  el monje se aparta de Dios como Padre, que se encuentre con también con El que es Juez.
Descendamos en vida al infierno, como quiere S. Benito al poner en nuestras manos este instrumento, para reflexionar  en los sufrimientos del alma separada de Dios, y así evitar el poder descender después de muertos, como decía S. Agustín.
Por un conocimiento nacido de nuestra reflexión, llegar a experimentar lo que Sta. Teresa experimento por una gracia mística.
Sta. Teresa tuvo la visión de infierno, y es interesante ver cuan equivocados están aquellos que mantienen que esta clase de meditaciones no son propias para personas  espirituales. Una santa tan contemplativa y elevada con dones místicos dice que fue “una  de las mayores  mercedes que el Señor me ha hecho”
Y cuanta esta experiencia de cómo se vio metida en el infierno y lo que experimento en un brevísimo espacio, dice ella, pero auque viviese muchísimos años no lo podría olvidar.  No hay mal aquí comparable con este. Y esto lo relata para sus hijas de las que se afirmaba que casi todas estaban elevadas a una oración contemplativa, para que se aprovechasen también de esta gracia.  Y no encuentra palabras para explicarlo y darlo a entender, a semejanza de  un fuego que sintió en alma que no puede explicar y saber que eso sería sin fin. Y aún todo esto lo considera como nada en comparación del agonizar del alma. Sin poder encontrar ni sentir ningún consuelo. (Vida 32)
Los santos hicieron esta meditación, aprovechándose de la gracia en lleva consigo. Así S. Bernardo, en presencia de sus monjes, meditaba en el infierno con estas palabras:” Yo tiemblo por los dientes de la bestia infernal, por las entrañas del infierno, a los rugidos de los demonios, al gusano roedor, al fuego abrasador, del humo y vapores de azufre de las tinieblas exteriores. ¿Quién  me dará una fuente de lágrimas, para prevenir, para llorar aquí abajo, las lágrimas estériles del otro mundo y los  rechinamientos de dientes y el peso de las cadenas de manos y pies? Cadenas que oprimen, que aprietan  sin consumir nunca.”
Cierto que no sabemos lo que es el infierno, pues todo esto que se nos dice y podemos pensar son semejanzas  para que podamos hacernos una idea teniendo en cuenta nuestros actuales sentidos corporales. Así llegar a una aproximación de lo que será el estar apartados eternamente de Dios.
He aquí lo central de este misterio, pero que no podemos calibra el dolor que encierra. Separación de Dios y eternidad.
Toda esta consideración tiene que servirnos para crecer en amor a Jesucristo. Ya decía al principio que debemos hacer esta meditación a los pies de Jesús crucificado.
La mirada a Jesús en la cruz, nos confirma en la existencia del infierno. Es como una rúbrica sangrante, hecha por el Hijo de Dios, que garantiza la verdad de este dogma. Esta mirada nos confirma de que cuanto Jesús ha dicho en el evangelio, es verdad.
La inteligencia humana se resiste a creer cuanto sobre el infierno Cristo nos ha revelado. Sobre todo la eternidad, que nunca podremos comprender, ya que está  por encima de nuestra capacidad. Todo  lo medimos con  el tiempo, y la eternidad es estar fuera del tiempo.
Y Cristo ha querido con su cruz, librarnos de este mal. Y ¿Será verdad todo lo que dijo?  Cuando miramos a Jesús en la cruz, se desvanecen estas dudas. Ese rostro contraído por el dolor, cubierto de sangre, serio, triste, nos está diciendo que no ha exagerado nada de cuento ha dicho, que no ha inventado cuentos para meternos miedo. Que la palabra que ha brotado de sus labios amoratados y resecos, siempre dijo la verdad.
El Hijo de Dios en un patíbulo está predicando que si muere, es para librarnos de un gran mal. La muerte del Hijo de Dios es de un valor infinito, y solo puede darse para saldar una deuda infinita. Lo contrario sería malgastar el valor de la sangre de Cristo.
Tampoco puede decirnos esta mirada al crucifijo, que él ya ha espiado  por todas nuestras culpas. Que en virtud de su sacrificio ya nadie se condena, aunque se multipliquen los pecados. Una gran mayoría pensaría, pues si nadie se condena pequemos tranquilamente. Y la muerte del Salvador  en lugar de servir para librarnos del pecado, sería ocasión de que se pecase más.
Las dudas sobre el infierno se desvanecen mirando a la cruz de Cristo.  Cuanto mayor es el amor, mayor correspondencia exige. Cuanto  mayor es el amor de Cristo, mayor correspondencia  tiene que darse por nuestra parte.
Si un hijo ofende a un padre egoísta y despreocupado, está mal. Pero si ese padre fuese un padre bondadoso, es mucho peor. La muerte de Cristo en la cruz, en lugar de ser motivo para pensar que todos se salven, que no hay que hacer nada ni preocuparse de corresponder a la gracia, es al revés. Es un motivo para excitarnos a corresponder a la gracia. El amor ultrajado, requiere un castigo correspondiente a ese amor. ¿Cómo es el amor de Dios despreciado por el pecado? ¿Infinito? Luego un amor así despreciado merece un castigo infinito.
               Y si pensamos lo poco que el Señor pide al pecador para reconciliarse. Decir no a lo que antes había dicho sí. Y el Señor espera esta respuesta durante toda la vida, hasta la muerte.
Es Dios hecho hombre por amor a los hombres y clavado en la cruz, cubierto de heridas que son como volcanes de amor, es Dios en el Calvario, con sus ojos  puestos en el cielo, para ofrecer su vida  por la salvación de los hombres, con los brazos extendidos para abrazar a sus hijos por los que muere, es el amor infinito de ese padre, pisoteado por el hombre  el que está reclamando la existencia del infierno. Dios no quiere condenarnos. Cristo en la cruz nos ofrece su perdón. Tampoco quiere la condenación de nadie su santísima madre que al pie de la cruz sufre por nosotros.
La meditación de infierno sirve para estimularnos en el amor. Si me ha librado por su misericordia de tantos males, tengo mayor motivo para amar, para ejercitarme en un amor humilde y reconocido, sin buscar otra cosa  que la gloria de Dios.
Fruto secundario de esta meditación pudiera ser la paciencia en aceptar los  sufrimientos interno o externos que nos purifican. También para estimular el celo por la salvación de las almas. Si se invirtiesen los papeles ¿no me gustaría que me ayudasen a conocer  el peligro de vivir olvidado de Dios y de la salvación?  La visión del infierno fue para los niños de Fátima motivo de un gran celo por la conversión de los pecadores, ofreciendo cuanto tuvieron que sufrir a este fin.

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