169.- Atribuir lo bueno a Dios.

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Cuando  viere en sí mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo. (4,42). Este instrumento nos está  recordando cómo tenemos que referir a Dios todo cuanto de bueno podamos ver en nosotros. Esto nos pondrá  a salvo de todo orgullo, y por otra parte nos recuerda que estos bienes que podamos ver, son gracias de las que tenemos que dar cuenta.
 La vida, la salud, las facultades del alma, sentidos del cuerpo. Todo lo que tenemos lo hemos recibido de Dios. Nada hemos añadido sin el concurso divino.   ¿Qué tienes que no hayas recibido?
 Sería insensato y un ultraje a la bondad de Dios el gloriarse de tener gran inteligencia, una feliz memoria, una fisonomía agradable, una buena salud. ¿Cuándo se visita un hospital con tanta cantidad y variedad de enfermos no se os ocurre pensar, que si no estamos ahí es por gracia de Dios? Ninguno de esos enfermos está  por gusto en medio de sus penas.
 Nada hemos adquirido por nosotros mismos, y nada podemos adquirir, ni añadir a lo que hemos recibido de Dios. Estamos en manos de Dios, que nos concede disfrutar de ellos y puede quitárnoslos cuando quiera.
 Debemos tener una dependencia completa y absoluta de Dios respecto a todos estos bienes.
Ante estos dones y gracias, lo que debemos sentir es un vivo agradecimiento hacia Dios, que ha derramado tantos favores, y un profundo arrepentimiento de no haber usado de todo esto con la fidelidad debida, y para procurar su gloria. Y en fin una confianza de que nos los dejará  si son útiles para nuestra salvación y se lo pedimos humildemente.
 También tenemos que referir a Dios con mayor razón los bienes sobrenaturales que hemos recibido. El Señor ha arrojado una mirada de piedad sobre cada uno de nosotros.
 Por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios, por la gracia santificante, somos templo del Espíritu Santo. A esta primera gracia se han ido añadiendo gracias especiales particulares como la primera comunión, educación fundamentalmente cristiana, llamamiento a la vida monástica, profesión, quizás sacerdocio. Y cada una de estas gracias ha sido como un anillo maestro de una larga cadena de gracias actuales que le han seguido.
Y de todo esto ¿de qué podemos gloriarnos? Si lo habéis recibido, ¿por qué‚ gloriamos como si no lo hubieseis recibido? El nos ha dato todo gratuitamente, El nos ha llamado a la vida cristiana con preferencia a tantos millones que no conocen a Cristo. A El debemos la llamada a la vida monástica, con preferencia a otros que valían más que nosotros. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido. Todo esto no es para gloriamos, sino para estar humildemente agradecidos.
Estas gracias recibidas, no pueden quedar estériles, enseña Jesús en el evangelio con dos parábolas. Tenemos que multiplicarlas por medio de nuestra cooperación, para bien de la Iglesia y bien nuestro.
 Puede ser que muchas de esas gracias han quedado estériles. ¿Cómo hemos progresado en la virtud?
Pero si reconocemos en nosotros algún progreso en el bien, no por eso podemos decir con menos verdad: “no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”. ¿Quién nos ha comunicado la fuerza para hacer algún progreso en las virtudes? La misericordia de Dios. Los méritos de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros es de donde hemos recibido esta riqueza. La gracia de Dios es la que ha obrado en nosotros, con
nosotros y más que nosotros. Cómo nos ha invitado el Señor al bien, y que paciencia ha tenido en medio de nuestras vacilaciones y lentitudes.  En lugar de gloriamos por el bien que hemos podido hacer, tiene que ser motivo de agradecimiento y alabanza.

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