167.- Poner la esperanza en Dios.- (4,41)

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Comenzamos lo que podríamos llamar segunda parte de los instrumentos, presenta características bastante diferentes, es como un programa ascético. Comienza con tres instrumentos que son la base de este programa ascético. Instrumentos 41-43. 
S. Bernardo dice que la esperanza obtiene todo siempre que sea firme y no titubee. La esperanza que duda, no es esperanza. Esta virtud exige que tengamos una certidumbre absoluta de que Dios quiere ayudarnos, y que los auxilios prometidos por El se nos conceder n si por nuestra parte cumplimos con nuestro deber.
 Dudar es hacer una injuria a Dios, porque estamos suponiendo que o no sabe o no puede o no quiere auxiliamos, que, el demonio sería más fuerte que El, que nuestra miseria es más grande que su misericordia. Dudar es también desconfiar de la fidelidad de Dios a sus formales promesas.
El que está  firme en la esperanza, no tiene duda en el espíritu, y exclama como Job: “Se que mi redentor vive y que un día veré a Dios mi salvador”. O como David: “El señor es mi pastor nada me falta, él me guía”.
 El Señor complacido de esta firme esperanza responde. Si, yo te libraré, porque has esperado en mí, yo te proteger‚ siempre, porque reconoces mi poder y mi bondad. Los salmos de Completas, est n llenos de actos de confianza. Es importante que los hagamos nuestros.
 La confianza de un alma me hace una violencia tan grande que me es imposible alejarme de ella, decía el Señor a Sta. Gertrudis.
 La esperanza excluye las vacilaciones de la voluntad, no conoce la vacilación en sus peticiones, no pone límite a sus peticiones con la seguridad de recibir lo que pide u otra cosa aún mejor. Así la oración, aunque penosa en ocasiones, es sin amargura y eficaz.
 La confianza no vacila en las resoluciones que toma, y sabe que si en un momento ha sido infiel cayendo en algún pecado, es porque ha confiado demasiado en sí misma. Cumple con valor esas resoluciones, y apoyándose en Dios, como los apóstoles en la pesca milagrosa: “toda la noche trabajando nada hemos conseguido, pero en tu nombre echo la red”.
 Finalmente la verdadera confianza no vacila en sus acciones. Cuando recibe una orden no se detiene con miras humanas, ni se repliega sobre si misma para ver si su salud, sus capacidades le permiten abrazarse con esa orden. Mira a Dios, y si ve que es voluntad divina se entrega a lo mandado confiando en el auxilio divino, como admirablemente dice S. Benito cuando trata si a un monje le mandan cosas imposibles. Es Jesús en la oración del Huerto el que le guía en este su proceder.
 Cierto que la esperanza no quita la turbación en la parte inferior de nuestro ser, a no ser con una gracia muy especial concedida por el Señor en algunas ocasiones. Pero establece la calma perfecta en la parte superior del alma.
 En las pruebas temporales exclama: En Dios confío y no temo. En las persecuciones: El Señor es mi auxilio, no temo lo que me pueda hacer el hombre. No tiembla en las tentaciones, pues. aunque todos se levanten contra mí, mi corazón no tiembla, en medio del combate, aún esperaré. Después de una caída, la confianza que se apoya en Dios no se turba, pues sabe que Dios ha permitido esa falta para su bien, no dejándose llevar del despecho del orgullo. Pide humildemente perdón y da gracias de que no haya sido más honda su caída, y vuelve a sus buenas resoluciones, apoyándose plenamente en Dios.
No se turba ni con el pensamiento de la muerte. Puede tener sus tentaciones contra la esperanza, al recordar las faltas pero como sus propios méritos no pueden tranquilizarle, busca su seguridad en los méritos infinitos de Jesucristo. El que vive en esperanza, confía en la bondad divina y en la sangre de Cristo, y de estas fuentes, saca el arrepentimiento, el amor, el perdón y la misericordia

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