166.- Ni detractor.- (4,40)

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Llamamos detracción al vicio de descubrir injustamente las faltas o defectos verdaderos del prójimo. Hay casos en los que podemos y debemos, por un bien superior, revelar alguna culpa del prójimo, para bien, tanto de los culpables como sobre todo de la comunidad.
 Guardar silencio en algunos casos, sería verdaderamente una falta de caridad respecto de la comunidad y también del que tiene  necesidad de nuestra advertencia.
En estos casos debemos decir la pura verdad, lo estrictamente necesario y solamente a aquellos que pueden remediar el mal. Fuera de este caso, que nos impone la caridad, debemos cubrir con el manto del silencio los defectos y faltas de los demás, recordando que toda revelación inútil es pecado. Se trata de un ataque injusto a la sagrada reputación del hermano.
 Su gravedad consiste en que hiere a la vez a la justicia y a la caridad. Y si la detracción no fuese verdad, es una calumnia que hiere también a la verdad 
S. Bernardo la llama víbora que muerde a la vez al que la dice, al que escucha  y aquel de quien se habla. Y por tanto es uno de los pecados más graves que se pueden cometer contra el prójimo, ya que la reputación es después de la vida, el bien más apreciado por el hombre.
 No solamente es pecado para el que lo comete, sino también para aquellos que lo escuchan complacidos.
 Obliga a reparar los daños causados. Obligación rigurosa y difícil, que si se medita seriamente sería un remedio para no caer en este vicio. ¿Cómo reparar las consecuencias, cuando el mal que hemos revelado es verdadero y no puede ser negado?  Si se trata de cosas muy graves, esta revelación puede hacer perder la reputación del hermano por largo tiempo quebrantando su existencia, romper sin remedio amistad que existía entre dos personas, y quizás puede encender en la comunidad un incendio que difícilmente podrá extinguirse. La detracción es una peste en los monasterios. De aquí que en la Orden siempre ha sido castigada severamente.
  En nuestro mundo actual, que quizás tenga en cuenta la calumnia, pero no hay ningún escrúpulo en airear los defectos del prójimo y de hablar de ellos. Y esto alcanza a todos, desde las personalidades más altas, hasta el último. Cualquiera se siente autorizado a enfocar y criticar sus acciones. Da la impresión que se ha perdido las primeras nociones de la caridad, o que las leyes de la justicia y la caridad han sido modificadas. La caridad no ha cambiado de forma, y debemos esmeramos en esta virtud que menosprecia

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