165.- No ser murmurador. (4,39)

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La murmuración es el lenguaje de todos los vicios. Expresa la indignación del orgullo que se ve humillado. Se presta para censurar las palabras o acciones de otro. Viene en auxilio de la impaciencia en los sufrimientos y adversidades que le ocurren. Es la expresión de la envidia y de los celos, que no sufren los adelantos del prójimo. La pereza también se manifiesta cuando se ve turbada con órdenes que la molesta. En fin es el lenguaje de la gula, de la avaricia, de todos los malos instintos que impulsan a quejarse de todo lo que desagrada o molesta.
 Todos los vicios se manifiestan por la murmuración y encuentran su satisfacción murmurando.
 Para no ser tentados por la murmuración es necesario ser prefectos. Y aún así puede uno ser tentado de murmuración y con frecuencia.
 S. Bernardo reconoce que “siempre y en todas partes, en el coro de almas dedicadas a la perfección, nunca faltan algunas que observan maliciosamente las acciones de la Esposa, no para imitarla, sino para hallar en ellas qué censurar. Se atormentan por lo bueno advertido en sus hermanos y se alimentan y recrean con sus imperfecciones. Forman una especie de sociedad para hablar mal de su prójimo y se unen para causar la desunión”.
 Vigilemos de cerca esta tentación sofocándola en cuento empieza a nacer porque crece rápidamente y se hace terrible. Es sin duda una de aquellas que S. Benito manda estrellarlas contra la roca que es Cristo.
 Es un enemigo asolador, y tomando una semejanza prestada por los salmos, podemos llamarla el jabalí de la selva que penetra y desbasta cuanto se le  pone por delante.
La murmuración perjudica primero el alma del murmurador, robándole todos los méritos de lo que ha hecho gimiendo y sustrayéndole todas las gracias de Dios.
 No perjudica menos la murmuración  a toda la comunidad donde se manifiesta, pues todos, aún los mejores monjes tienen una inclinación a la murmuración o al descontento, y pueden dar acogida a las quejas que oyen. Así el murmurador puede encontrar siempre las puertas abiertas para deslizar su veneno.
 Si no se tiene cuidado y si los hermanos se detienen en escucharle, en poco tiempo siembra  el descontento. Todos los motivos de queja se despertarán a la vez, y lo que era casa del Señor, se convertirá  en un lugar de desolación. No concuerdan de modo alguno la murmuración y la paz, dice S. Bernardo, la detracción y la acción de gracias, el celo amargo y las voces de alabanza.
Por esto S. Benito reprueba en su regla con toda energía, este vicio
 de la murmuración y recomienda al abad que vigile activamente para no darle ocasión de nacer.
S. Bernardo después de decir que hay que evitar por todos los medios las criticas entre los hermanos, añade: “Tal vez algunos crean que la murmuración no pasa de ser un pecadillo de poca monta, pero no lo juzga así el que nos manda evitarla ante todo y sobre todo”.
De suyo, la murmuración es una falta grave por naturaleza, porque recae sobre el mismo Dios y su Providencia. No es a nosotros sino a Dios a quien atacáis con vuestras murmuraciones, decía Moisés. Pero es cierto que la mayor parte de las veces, este pecado será  venial, ya a causa de la parvedad de materia, ya por la inadvertencia del murmurador.
 Dice S. Bernardo que nadie ignora como este vicio combate, y ofende más que otros la caridad que es el mismo Dios. Toda persona que murmura hace ver a las claras que no tiene caridad. Por otra parte, ¿qué otro designio tiene sino que los otros aborrezcan o menosprecien a aquel de quien se murmura? Un discurso de esta calidad, pasando de lengua en lengua puede fácilmente y en poco tiempo, corromper con su veneno una infinidad de almas.
 No tenemos que sorprendemos si S. Pacomio pone en la enfermería al murmurador incorregible y si S. Benito lo excomulga e incluso lo expulsa del Monasterio. Si consideramos la deuda que hemos contraído con Dios, dice S. Bernardo, no se nos oirá  decir, ayunamos demasiado, trabajamos demasiado, velamos demasiado. No pagaremos ni la milésima parte lo que debemos a Dios por nuestras ofensas. Murmurando multiplicamos nuestras deudas.

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