162.- No ser perezoso. (4,38)

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La pereza es un entorpecimiento del entendimiento y de la voluntad, produce en el alma el disgusto de las cosas espirituales y el horror a las dificultades que en ellas se encuentran.
 Basta considerar la definición de este vicio, para caer en la cuenta que el monje que se dejase llevar de él, estaría en el polo opuesto del que aparece descrito por S. Benito en su Regla. De aquí que la pereza debe ser combatida tenazmente para poder ser un verdadero hijo de S. Benito.
      El monje que quiere S. Benito y describe en su regla debe ser celoso y ferviente en el cumplimiento de sus deberes. “Lleno de un celo y movido por el amor se ejercita en el monasterio”. Debe tener un corazón dilatado, así dice que con el corazón dilatado por el amor corre por el camino de los mandamientos de Dios. Al Oficio debe acudir con sumo apresuramiento, debe encontrar su gusto en la oración y en las lecturas santas. Finalmente, su obediencia ha de ser pronta  y amorosa, con esa velocidad que imprime el temor de Dios.
 Que contraste entre este monje descrito por S. Benito y el religioso perezoso, que se retrae a los ejercicios comunitarios, que siente fastidio de todo, que obedece gimiendo y murmurando de todo. Y para aliviar esta situación de amargura, busca consolarse y distraerse en lecturas frívolas. 
La pereza es la madre de todos los vicios. Al bloquear la  inteligencia y la voluntad, corta las fuerzas que se requiere para toda vida espiritual y hace difícil una violencia saludable. Y donde no hay violencia, no puede haber santificación.
Y no solo paraliza en el ejercicio de la adquisición de las virtudes, sino incluso en el cumplimiento diario de nuestras obligaciones, aún en los deberes más esenciales tanto respecto a Dios como de los hermanos. Para cumplir estos deberes, es necesario combatir la repugnancia que provoca la pereza. Si no se combate, se cae muy pronto en un entorpecimiento espiritual que hace perder en gran parte las gracias de la vida monástica.
 A este entorpecimiento soñoliento, sucede muy pronto la tibieza y las infidelidades voluntarias, la repugnancia a todo lo que no gusta la naturaleza. Y de la tibieza se pasa a la frialdad. Es un camino seguido.
 La pereza alagada, adquiere sobre el perezoso un imperio creciente. Las dificultades aumentan en la proporción que disminuyen nuestras fuerzas, y las infidelidades se acumulan sin alarmar y se llega a abandonar las obligaciones más esenciales. Finalmente, lo que en un principio no era más que un cierto hastío de la vida espiritual, se convierte en hastío de la vocación y de Dios mismo.
 Los remedios pasan por despertar el espíritu y la voluntad. La tentación de la pereza puede acometer a cualquiera y no hay que extrañarse.
Y por ello todos debemos estar preparados para combatirla desde el inicio considerando los trabajos, sacrificios y amor de Cristo para con cada uno de nosotros. Pensar en la recompensa eterna que Jesús ha prometido a los más pequeños sacrificios. Y también considerando el precipicio donde ha arrastrado a unos, puede serlo para otros.
 La lectura del prólogo de la Regla, que ya en su día comentamos, vemos los motivos que S. Benito presenta para no dejarnos caer en el adormecimiento.
Pero sobre todo hay que hacerse violencia en estos estados de ánimo para no abandonar ningún ejercicio o propósito por ceder a la pereza. En lugar de abreviar la oración, o la lectio, prolongarla. Cantar el Oficio animosamente, sin dejarse llevar de la repugnancia que se puedan sentir. El que se conduce así no corre peligro de caer en las funestas consecuencias de la pereza. Es más se saldrá de la tentación con un nuevo vigor.

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