157.- No ser soberbio. (4,34}

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Y a hemos visto la soberbia procedente de los bienes exteriores, y la que nace de la voluntad. Veamos hoy las otras dos clases.
 El orgullo de la voluntad suele tener su apoyo en el orgullo de la inteligencia. Es por sus consecuencias uno de los más graves pecados, ya que procede de la más noble facultad humana, a la que aparta de la luz divina, cuya trascendencia exige humilde sumisión.
El libre examen protestante ha exaltado el orgullo de la inteligencia. Sus frutos son el agnosticismo filosófico, el liberalismo político y el laicismo. La atmósfera está  saturada con estos males y se ha introducido por doquier. Se traduce en la costumbre de apelar en todo al tribunal del propio juicio y por la dificultad de someterse al simple testimonio de la autoridad.
 El entendimiento se purifica  por medio del estudio de la verdad revelada y los actos de fe. El último número de Vida Nueva refleja esta situación actual en el artículo titulado Tiempos de tribulación, Algunos obispos denuncian “persecución” por parte del Gobierno.
El orgullo espiritual est  fielmente reflejado en la parábola del fariseo y el publicano. En ella vamos las actitudes que crea este tipo de orgullo y el castigo que lleva consigo.
 Este fariseo que se jacta de sus obras espirituales, en el trato con Jesús le hace ver su amor a la Ley de Moisés, de su filiación de Abrahán  que le da derecho a formar parte del pueblo escogido.
 Esta presuntuosa fidelidad le impide reconocer a aquel que habían deseado ver y no pudieron los Patriarcas y Profetas.
 El orgullo espiritual se jacta no solo de sus obras como si fueran obras exclusivas suyas, sino de sus privilegios espirituales: pertenecer a una familia religiosa que cuenta con muchísimos santos, que posee una doctrina espiritual rica, con gran influencia dentro de la Iglesia.
 Esto constituye ciertamente un timbre de nobleza que obliga pero que puede degenerar en un orgullo espiritual que esteriliza y ciega ante las nuevas manifestaciones de la divina misericordia.
 Los dones espirituales personales, pueden servir también de pasto al orgullo. Las gracias de contemplación que enriquecen al contemplativo, dejan una huella profunda en el alma y dan una rica experiencia, fortifican la voluntad, afinan la inteligencia, aumentan la capacidad de acción, garantizan al alma una irradiación potente. Pero todas estas gracias se reciben y permanecen en medio de la humildad.
 Pero puede sobrevenir después la tentación sutil e inconsciente de utilizar estas riquezas espirituales para engreírse y aparentar. Para aparentar una necesidad de afecto o de dominio, o simplemente par hacer triunfar sus ideas personales. “En cuanto a convencer al Padre, lo conseguiría tal vez si no fuese tan espiritual”, decía Sta. Teresa, al P. Gracián que le preguntaba como convencer de su equivocación rigorista a un P. Maestro de novicios..
 Las consecuencias de este orgullo las describe en evangelio claramente. El fariseo que hace ostentación orgullosa de sus obras, sale del templo con las manos vacías. Ha perdido el tiempo y la ocasión del encuentro con Dios.
Sta. Teresa del Niño Jesús reconoce que un pecado de orgullo espiritual desmoronaría todo el edificio de su perfección y sería un obstáculo al torrente de las gracias de la misericordia divina sobre su alma, que había llegado a la unión transformante.
Intensos y terribles son los estragos del orgullo espiritual en las almas. Muchas a quienes detiene definitivamente el orgullo espiritual en los caminos de la perfección, apagando los ardores de la esperanza y el dinamismo necesario para el progreso

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