155.- No ser orgulloso. (4,34}

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 Después de las máximas concernientes a la convivencia con los hermanos, y más en concreto relativas al mantenimiento de las buenas relaciones fraternas mediante la mortificación del apetito irascible, sigue otro grupo de siete sentencias de enunciado negativo (34-40) Todas ellas dimanan de fuentes bíblicas, excepto una, no ser dormilón, cuya procedencia se ignora.
 Querer relacionar estas máximas con lo precedente o con las que le siguen es un vago juego de ingenio. El fundamento bíblico de esta sentencia, podemos verlo enunciado, ya que alusiones al orgullo son numerosas, en carta a Tito, cuando le dice:  porque el epíscopo, como administrador de Dios, debe ser irreprensible; no arrogante (Ti 1,7) .
 El orgullo es un amor desordenado a la propia excelencia. Nos hace  buscar la grandeza y buscar el parecer grande.
 La gran locura del orgullo consiste en atribuirse lo que no le pertenece a uno. Es propio de los soberbios, dice s. Gregorio, que se atribuyan los bienes que no tienen o exagerando lo poco que tienen y a la vez tratan por todos los medios de ocultar sus defectos.
 También se puede caer en el orgullo apropiándose los bienes que realmente tiene, con o si no los hubieran recibido de Dios, o como si Dios se los debiera por sus méritos.
 Otro, por fin, tiene la necia pretensión de sobrepujar a los demás y se imaginan poseer todo los bienes.
 Estas actitudes se muestran a los ojos de todos, provocando un rechazo que solo el orgulloso no lo advierte.
 Si el orgullo es tan desagradable en todo cristiano, lo es mucho más en el monje que quiere seguir a Jesús que “se abajó a sí mismo, tomando la forma de siervo”. El abad de Bauce, dice que el monje soberbio no es monje.
Al soberbio le es imposible santificarse, porque Dios resiste a los soberbios y solo a los humildes da su gracia. La misericordia divina no puede tener entrada en un corazón lleno de sí mismo. Esta puede ser una de las causas por las que algún monje puede tener siempre los mismos defectos, y arrastrar una vida mediocre, sin progresos ni consolaciones a causa de su soberbia. Y dichoso si el Señor permite caiga en alguna falta grave para curar su mal.
 Incluso se puede llegar más lejos, y este tal, difícilmente perseverará  en el monasterio.
 Cuanto fatiga a sus hermanos con sus pretensiones, otro tanto se fatigar  a si mismo. Se encuentra descalificado en medio de la comunidad. Los superiores no le hacen sufrir menos, desconociendo sus talentos, no favoreciendo sus pretensiones, no dándole los cargos que él se merece. Y sobre todo, Dios e muestra avaro con él, pues las gracias disminuyen, la voluntad se debilita, el fastidio de la vocación se acentúa y poco a poco le conduce a la apostasía.
Si bien todas las apostasías no son fruto de la soberbia, si se puede afirmar que todo soberbio está  el borde del precipicio. Cierto que hay muchos grados en la soberbia, y que no llegarán muchos a este final desgraciado, pero si estar  paralizados y dispuestos a funestas caídas.
 El único remedio es la humildad, reemplazando el amor desordenado a la propia excelencia, a lo que S. Francisco de Sales llama el amor a su propia advección. Reemplazar la estima exagerada de si mismo  por el conocimiento propio y esto es lo difícil. S. Benito nos muestra el camino para llegar al conocimiento y desprecio de sí mismo en el capítulo 7º. No olvidemos ate todo que este conocimiento de sí mismo es ante todo un don de Dios, y que el gran medio de obtenerle, es pedirle. Puede darse el caso de monjes que hace todos los días el examen de conciencia, e ignoran que son orgullosos. Hablan admirablemente de la humildad y de la nada del hombre, pero no saben que son orgullosos. La humildad es una virtud que no se ve a s¡ misma. Del mismo modo puede decirse que el orgullo es un vicio que se oculta a sus propios ojos. Para descubrirle se necesita una gracia particular, que solo se adquiere por medio de una oración persistente. Repitamos con frecuencia de S. Agustín .- Dios mío haced que os conozca y me conozca. Noverin te, noverin me.

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