152.- Amar a los enemigos. (4,31)

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Ya es mucha virtud soportar las injurias con paciencia, como nos pedía S. Benito en anterior instrumento, pero da un paso más y nos presenta este instrumento con la finalidad de recordarnos el amor a los enemigos. Jesús dijo: “habéis oído decir, amad a vuestros amigos y odiad a vuestros enemigos. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos”
No es un consejo de Jesús, es el precepto que impone a  todos sus seguidores. Y fue él por delante con su ejemplo.
El precepto  de la caridad con el prójimo no sufre excepción. Abraza a  todos los hombres, porque todos somos hermanos.
Para  hacer que comprendiéremos  y practicásemos este mandamiento nuevo y difícil a la naturaleza humana, ofrece el ejemplo del Padre celestial que hace salir el sol sobre justos e injustos y hace llover sobre buenos y malos.
Si recordamos las muchas gracias  que Dios ha derramado sobre cada uno de nosotros, a pesar de nuestras infidelidades y olvidos, no encontraremos penoso este mandamiento de amar a los enemigos.
Para mejor darlo a comprender, Jesús expuso la parábola de  dos siervos, aquel que debía diez mil talentos y que fue perdonado, y a su vez no pedonaba a  su compañero que le debía solamente cien denarios. El amo indignado le arroja a prisión. Y Jesús  añade, así hará vuestro Padre Celestial con vosotros si no os perdonáis de corazón  unos a otros.
Terrible sentencia, dice S. Jerónimo, pues son nuestras propias  disposiciones las que modifican  y deciden la sentencia de Dios. Si no perdonamos las pequeñas deudas de nuestros hermanos, no nos perdonará Dios las grandes deudas que con él hemos contrito.
Y para que nadie se hiciese ilusión sobre el perdón que concede a su hermano,  nuestro Señor especifica que tiene que proceder del corazón.
Es evidente que este instrumento no se refiere a los pequeños roces que  se dan en la vida ordinaria, a los hace referencia S. Benito y que llama espinas de escándalos que suelen idearse en el monasterio. Son pequeñas ofensas que deben o mejor tiene que repararse inmediatamente ante los hermanos con unas sencillas palabras de perdón, una sonrisa, un servicio. Y ante Dios por medio de la recitación  del Padrenuestro en el Oficio. No tienen otra consecuencia.
Mostrar resentimiento por  estas pequeñas  cosas  es dar señales de un espíritu pobre y de mucha susceptibilidad, pero no es propiamente conservar una enemistad.
El enemigo es aquel que quiere mal y no deja ocasión de  perjudicar. Y  a este enemigo es al que hemos de conceder nuestro amor.
¿Qué se entiende por amar a estos enemigos? Tenemos que aclarar que el término amor, latino traduce cuatro distintos términos  del griego, que señalan distintos tipos de amor. El amor en este caso concreto consiste en no guardar antipatía, pero no exige una simpatía natural. Basta que no nos dejemos llevar por la repugnancia natural y sea combatida.
Amar en este caso es perdonarles de corazón. No mostrarles rencor alguno a pesar de las heridas que pudiéramos tener. Procurar que después de la injuria tratemos con él con comprensión de su fragilidad.
Amar a los enemigos es querer para ellos el bien espiritual principalmente. Pero no exige que hagamos por ellos más que los que hacemos por los demás. Pero requiere que no dejemos aparecer ningún resentimiento hacia ellos.

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