141.- No preferir nada al amor de Cristo. (4,21)

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En el instrumento 20 S. Benito  daba una llamada  a la renuncia al mundo y todo lo que lleva consigo su amor. En este instrumento ofrece la motivación de esta renuncia: para seguir a Cristo.
El seguimiento lo expresa en este instrumento, de un modo radical, y que siempre será actual.
No preferir nada al amor de Cristo. Lo más radical está en el “nada”. Y la finalidad es  llegar al amor total a Cristo.
Es el mismo Cristo que nos dice: dame hijo, tu corazón. O sea todo tu amor.
No basta  haber apartado el corazón del mundo y todo lo que de pecado lleva esta frase, como vimos en el instrumento 20. Para poder dar todo el corazón, todo nuestro amor, sin dejarnos engañar a nosotros mismos, ya que a Dios no se le puede engañar, tenemos que separarnos también de nosotros mismos. Este es el único camino para la unión con él.
Es necesario entregar todo nuestro amor, sin reservarse nada, si se quiere gozar de esa felicidad, que es la suprema de esta vida y con la cual podemos ser felices de veras. No hagamos lo que aquel niño que en su inocencia, excluía en su ofrecimiento su osito de peluche, o como la madre del Bto. Manuel González.
Somos de Dios, ya que el nos creó. Nos eligió cuando  nos llamo a su seguimiento por el bautismo y la vocación, nos redimió con toda la sangre de Cristo. Dándole el corazón, no hacemos más que darle lo que es suyo. ¡Cuántos motivos tenemos para esta entrega total! Desde toda la eternidad hemos sido amados por El y toda la vida no ha sido más que una serie ininterrumpida de beneficios. No hay momento que no esté señalado con un nuevo favor.
En pago de tanta bondad ¿Qué nos pide? Una sola cosa, nuestro corazón, nuestro amor total. Todo lo demás, nada le importa.
No podemos vivir  sin amar. Y Cristo a través de todo el evangelio, sobre todo a través de las bienaventuranzas, nos dice  que si le entregamos nuestro amor, El nos llenará de felicidad, de gozo.
En la Imitación  leemos: “conviene hijo que lo des todo por el Todo”. Pero en la vida real, aun entre los que queremos vivir la entrega de la vida monástica,  es frecuento reservarnos nuestro amor propio, bajo   especiosos pretextos. ¿Que cosa más funesta y peligrosa que este engaño?
Amar es algo lícito, es más, necesario. Para eso nos ha dado el Señor la afectividad. Pero para amar lo que debe ser amado, para que le amemos a El, de modo que no antepongamos nada  al amor de Cristo. Y si algo anteponemos, no le amamos como El quiere ser amado.
Tengamos siempre presente, tanto en lo próspero como en lo adverso, que en ninguna parte estamos mejor que en compañía del Señor, en entregados a su amor.
Podemos sentir desánimo ante este instrumento. Cuentos desordenes y apegos podemos tener en nuestro corazón formando como una segunda naturaleza, que hacen que antepongamos muchas otras cosas al amor a Cristo.
Pero lo que no pueden nuestras fuerzas, lo puede la gracia del Señor y supliquemos al Señor con toda sinceridad, que no tolere en nuestro corazón nada que no sea suyo. Y si algo ajeno apareciere, que lo arranque aunque nos cueste lágrimas de sangre.
En la Imitación encontramos esta oración: “Dame Señor, sabiduría celestial para que aprenda  a buscarte y hallarte sobre todas las cosas, gustarte y amarte sobre todas  y entender lo demás  como es, según el orden de tu sabiduría. Dame prudencia para desviarme de lo lisonjero y sufrir con paciencia  al adversario. Porque esta es gran sabiduría, no volverse a todo viento de palabras” .

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