139.- Consolar al afligido. (4,19)

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La tristeza tiene diversos remedios como indicaba ayer siguiendo a Sto. Tomás,  y entre ellos señalaba la contemplación de la verdad.
 Pero en esta contemplación hay que atender  a las diversas causas por donde pueda venir el dolor o tristeza. En  el monasterio podemos clasificar la tristeza de tres clases. La de los principiantes, de los que progresan en la vida monástica y la de los monjes maduros.
La tristeza de los principiantes, puede llamarse también tristeza según el mundo. Hace sufrir la privación de las criaturas que se han dejado por Dios, pero que duele su ausencia. Llorar la separación de la familia, echar de menos la libertad, gemir bajo el peso de la observancia regular, deplorar la ausencia de consuelos espirituales, sentir el aguijón de pequeñas envidias, encontrar la  obediencia demasiado dura, los caracteres de los hermanos difíciles. Dolerse al ver que no se es nada, que no se le tiene en cuenta para nada.
 Tales son las primeras tristezas  que se siente en los principios de la vida monástica. Con alguna frecuencia estos mismos motivos de tristeza pueden hacerse presentes en monjes antiguos, pero  con el espíritu ya débil, ya que el hombre viejo nunca muere y pueden estar en una segunda niñez más peligrosa que la primera.
¿Que podemos hacer para  consolar este tipo de tristeza?  Se vencerá fácilmente si consideramos al Señor en la cruz, y el pequeño número de amigos que le rodean. También recordando los ejemplos de los santos, de nuestros Padres, que supieron encontrar la alegría en el sacrificio. Mirando también la vanidad de las satisfacciones que nos seducen y  la pequeñez de los sacrificios que Dios nos pide. Si pensamos en fin, que la muerte viene a grandes pasos  para poner término  a nuestros sufrimientos y procurarnos la recompensa eterna.
Distintos matices  tiene la tristeza de los que van progresando en la vida monástica. El que quiere ser de Dios y ha renunciado de veras a todas  las satisfacciones terrestres, se encuentra bien pronto presa de otra tristeza más amarga. Quiere ser  de Dios, y  se ve lleno de sí mismo, que se busca en todo. Hace propósitos, y no es fiel a ellos. Se ve como un cautivo que cae repetidas veces bajo el peso de sus cadenas después de cada esfuerzo que hace por romperlas, y llora su debilidad.
Por legítima que sea esta tristeza, hay que vigilar y regularla para hacerla más pura. El verdadero progreso del alma no consiste en embellecerse a sus propios ojos, sino en conocerse mejor y desprenderse más y más de sí mismo. Dios permite nuestras debilidades para instruirnos y hacernos más humildes. Comprobando nuestra miseria, debemos gemir, pero  aún más debemos aprovecharla para humillarnos y no dejarnos llevar de una amarga tristeza, diciendo con David: “Bien está, Señor que me habéis humillado”.
 Dichosa la falta que es seguida de un sincero arrepentimiento.  Y más aún si el arrepentimiento va acompañado de un acto gozoso de humildad y un nuevo aliento para el combate.
Otra es la tristeza de los monjes ya maduros. Esta tristeza no hay que disipar ni consolar, sino alimentar y conservar cuidadosamente. Es la tristeza de los hijos de Dios. La causa de esta tristeza es  el mismo Dios. Dios cuya bondad y belleza  es desconocida, pisoteada  e indignamente ultrajada por las criaturas. Dios a  quien con tanta frecuencia y tan gravemente se ofende. Dios al que se espera a unirse ardientemente y cuya venida se hace esperar.
Razón tiene el monje maduro en llorar las ofensas de Dios. Llorar sacerdotes, ministros del altar. Derramen lágrimas mis  ojos día y noche, exclamaba Jeremías. Y S. Pablo: Infeliz de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
Ojala podamos estar siempre llenos de esta santa tristeza, que la tradición monástica llama compunción y que S. Benito tanto recomienda a través de su  Regla. Ojala pudiéramos morir de este amoroso dolor.

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