136.- Ayudar al atribulado. (4,18)

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Dios por otra parte permite la tribulación  para nuestro bien, pues nos purifica y hace que nos volvamos a El cuando quizás estamos algo despistados, y hace que sus más fieles amigos se parezcan más a Jesucristo. Si a mi  me han perseguido, también os perseguirán a vosotros. Y todos los que desean vivir piadosamente en Cristo, sufrirá persecución.
                        Las pruebas entrarán con nosotros en el claustro y nos acompañarán hasta la muerte.  Siempre podemos hacer nuestra la oración de muchos salmos, que son un grito a Dios del alma en tribulación.
Acoger amorosamente la tribulación sin asustarnos cuando la veamos venir. No puede  hacernos mal alguno, ya que no puede perjudicar nuestra alma sin nuestro consentimiento. Jesús nos dice que no tengamos miedo a aquellos que pueden matar el cuerpo.
Cuando parece que todo se ha perdido, en realidad no es más que una tempestad que pasa y se disipa, pues Dios está con nosotros en medio de la prueba, y cambiará estos pequeños sufrimiento por un peso de gloria eterna.
Pero lo que más nos puede fortalecer y animar en la prueba, es que vienen del mismo Dios, que las permite o envía por el amor que nos tiene. Así lo vemos en muchas almas santas. La tribulación nos desprende de las criaturas y nos hace expiar el pecado, merecer el cielo, adquirir las virtudes, ya que nos lleva a la humildad, nos empuja a orar, nos hace sentir la necesidad de la gracia. Si hemos decaído a una vida demasiado natural, nos hace despertar a una mayor fidelidad que nos une a Dios.
Si comprendiéremos todos los bienes que nos puede traer la tribulación, diríamos con S. Pablo: “Sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones”, y no fueron pequeñas.
S. Benito en este instrumento nos anima a ayudar a aquel que está en tribulación. La propia experiencia nos ayudará a esta labor caritativa. Es un deber que urge a todo cristiano, y por lo mismo también al monje. No solo a los hermanos atribulados que nos rodean, sino también a aquellos que acuden al monasterio heridos por las duras luchas de la vida. Vienen a nosotros para aliviar a sus almas fatigadas y oír unas consoladoras palabras de aliento y de fe, que  les ayuden. Es difícil quitarles las penas, pero podemos ofrecerles los consuelos de la fe, que les haga comprender como se puede ser feliz incluso en el sufrimiento bien enfocado. Y sobre todo orar por estas personas, bien sea en un caso concreto, bien en una oración general por todos los atribulados. La caridad no nos permite quedar indiferentes a las penas de los demás.

La tribulación en esta vida es inevitable con mayor o menor intensidad. Así lo afirma el Génesis cuando dice que “la tierra te producirá espinas y abrojos.” Se ha hecho patrimonio de la humanidad y nos es imposible  evitarla porque nos persigue y alcanza de las formas más diversas: muerte, separaciones, enfermedad, pérdida de bienes, traiciones, calumnias…Por una parte el demonio que nos odia, por otra los hombres que nos rodean que voluntaria o involuntariamente pueden atribularnos, nosotros mismos con nuestra naturaleza expuesta al dolor, nunca nos deja sin pruebas.

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