135.- Enterrar a los muertos. (4,17)

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En este instrumento que nos recuerda la práctica de otra obra de misericordia, puede considerarse en él todo lo relativo a lo que rodea el tránsito de nuestros hermanos.
Antes de la muerte podemos ver como nuestros hermanos agonizantes  tienen derecho a toda nuestra abnegación y servicio. No se muere más que una sola vez. Y morir en el monasterio rodeado de todos sus hermanos es algo que era común antes, pero que en la actualidad con cierta frecuencia  ya no se realiza debido a los adelantos en cuestión sanitaria, que ocasiona morir en los centros sanitarios.
Morir en el monasterio rodeado de los hermanos es una gracia que nuestro padre S. Bernardo  pedía a Dios con  lágrimas, y que nosotros mismos podemos desear ardientemente, aunque como dice el P. Merton en concretó la mejor muerte es la que Dios en su amor tiene deparada a cada uno de sus hijos.
Si es dulce morir en el seno de la comunidad es porque nuestros hermanos están allí para ayudarnos, para hablarnos de Dios, para acompañarnos en el momento de recibir los Sacramentos. (Recuerdo con emoción la muerte del P. Manuel en La Oliva o la  H. Mercedes en Tulebras) Desde el momento que se avisa de la agonía de un hermano, hay que acudir con el deseo  de ayudarle a dejar este mundo para comparecer al Señor. Si nos encontrásemos en su lugar, ¿Cómo desearíamos ser ayudados y sostenidos  con ardientes oraciones? Acompañar con la oración de las hermosas plegarias de la Iglesia por los agonizantes. No dejándonos distraer y preocupar por posibles movimientos  convulsivos de la agonía.
En esa lucha encarnizada contra el demonio, que aparece en la muerte de muchos santos, en el Bto. Rafael, es preciso intensificar la oración.
Y después de la muerte, la velada de oración junto al cuerpo del hermano fallecido y la pronta aplicación de misas y oraciones que la Orden señala para estos casos.
En nuestros monasterios tenemos la dicha de poseer el cementerio junto a nuestras iglesias, para  poder hacer visitas a su sepultura para acordarnos de sus virtudes y encomendarlo en nuestra oración. ¿Cuántos recuerdos y emociones siento siempre que paseo entre las cruces del cementerio de la Oliva?, semillero de verdaderos santos, así lo llamaba D. Alejandro, el médico de Carcastillo que nos atendió muchos años hasta su muerte.
No conocemos los misterios de Dios. Sabemos  que nada manchado entra en el Cielo. Solo sabemos que como dice el Catecismo de la Iglesia Católica  los que mueren  en la gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación sufren después de su muerte una purificación,  a fin de obtener la santidad necearía  para entrar en la alegría del Cielo. (1030) Y en el número siguiente dice: La Iglesia llama Purgatorio  a esta purificación final de los elegidos  que es completamente distinta del castigo de los condenados.
La piedad con  los difuntos  ha decaído en la Iglesia en general, y a lo menos externamente,  también en la Orden, con la supresión de los trecenarios, misa diaria que incluso el Jueves Santo se celebraba por los difuntos, preces diarias en el capitulo en la acción de gracias de la comida… La oración  y la limosna por los difuntos han sido muy importantes en la tradicion de la Orden.
La caridad exige que acudamos en auxilio de los difuntos, e incluso también la justicia, pues pueden ser almas no purificadas  de las que somos deudores de algunos beneficios.

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