133.- Visitar a los enfermos. (4,16)

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Es claro que se refiere a los enfermos de la comunidad, ya que como dirá al final de este capítulo, todos estos instrumentos han de ejercitarse dentro del monasterio.
Podemos mirar en primer lugar lo que podemos llamar teología de la enfermedad, para mejor enfocar el sentido de la visita a los enfermos.
La clave del problema del dolor, y una de las manifestaciones más fuertes es la enfermedad, que se ensaña sobre el cuerpo humano, la  da sentido únicamente la divina revelación.
La filosofía ha intentado infinidad de veces  la explicación de este gran problema que atormenta a la humanidad, y ha tenido siempre que batirse en retirada  ante su impotencia para  proyectar sobre él el menor rayo de luz.
La revelación divina nos da una explicación cumplida  y acabada de este pavoroso misterio. Dios no hizo el dolor. Su primer plan sobre la humanidad lo excluía positivamente.
De una manera simbólica o alegórica,  un teólogo del siglo V antes de Cristo   explica este misterio bajo la figura de los primeros padres  que disfrutaban en un paraíso  de ciertos  dones preternaturales, entre los que se encontraba  la impasibilidad, que los hacía invulnerables al dolor en cualquiera de sus  manifestaciones. En este dichoso estado la enfermedad era imposible.
Pero vino la catástrofe  del pecado. El hombre se revela contra Dios quebrantando voluntariamente el precepto impuesto como prueba  y en castigo de esta  rebeldía, Dios castigó al hombre a toda clase de sufrimientos físicos morales. (Gen 3,16-19)
Perdió los dones preternaturales, de  integridad, impasibilidad  e inmortalidad. Y en consecuencia, el cuerpo humano, de suyo corruptible, por ser material, quedó sometido al dolor, a la enfermedad  y a la muerte.
S. Pablo escribió en la mejor de sus cartas, “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así  la muerte pasó a todos los hombres, pues todos habían pecado.
Sto. Tomas advierte que todo lo que el pecado Original comunica al alma, se presenta como  culpa, y todo lo que comunica al cuerpo,  se presenta como pena.
No olvidemos que todas las manifestaciones de la justicia divina, van siempre acompañadas de su misericordia. Se han dado el abrazo, la justicia y la paz, dice el salmo 84,11.
La enfermedad es ante todo un castigo, pero también una medicina. Instrumento de salvación, una fuente de gracia.
La enfermedad es un castigo, como consecuencia del pecado,  que como dice Pablo, “todos pecamos en ellos” Rom, 5,12. La medicina que cura nuestras pasadas dolencias espirituales, y  nos preserva de las futuras. A este propósito dice un autor moderno.
“Sto. Tomas enseña, que un castigo debe ser considerado en algunas ocasiones como una medicina, que no solo sana y expía una falta pasada, sino que preserva de  pecados futuros, y mueve a hacer el bien. A veces es conveniente remediar las cosas de más valor con detrimento de las que no valen tanto. Así  puede suceder que quien no ha cometido culpa alguna, sea atribulado en lo material para que medre en lo espiritual, bien superior.”
Es un instrumento de salvación. ¡Cuantos han encontrado a Dios en el lecho del dolor,  y jamás lo habrían hecho disfrutando de salud!
Incluso autores paganos han vislumbrado el provecho  de la enfermedad. Plinio el Joven, escribía a su amigo Máximo: Cuando estamos enfermos, es cuando somos mejores. Y desarrolla este tema. Sus ideas dan prueba de su conocimiento del hombre. Dice cómo el enfermo ya no es esclavo de la ambición, de la concupiscencia, de las pasiones, de afán de honores, no se deja llevar de los celos, no se deja llevar de la curiosidad. Entonces nos acordamos de que hay dioses, y que nosotros somos hombres.
Si esto dice un pagano, cuanto más puede descubrir un cristiano que asocia sus sufrimientos a los de Cristo por la salvación del mundo, para completar lo que falta a la pasión de Cristo. Aunque con frecuencia se ve que  religiosos en un tiempo austeros, en la enfermedad los hace menos fervorosos. ¿Debilidad, misterio?
La enfermedad debidamente llevada  es una fuente de gracias  tanto para el enfermo como para los que le cuida. Pero termino aquí, pues me alargaría demasiado, nos detenemos hoy en este aspecto. Baste con enunciarlo.

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