132.- Vestir al desnudo. (4,15)

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Esta obra de misericordia que S. Benito nos presenta, no ha perdido nada de actualidad en el mundo de hoy que tanto alardea de civilización y progreso.
Según unas estadísticas ya antiguas, posiblemente habrán aumentado el número, mas de  mil millones de seres humanos no tienen con qué vestirse decentemente, desnudo o cubiertos de harapos que no merecen el nombre de vestidos. Esto se puede decir de 4oo millones de indios, 4oo millones de chinos, 300 millones de árabes, de 50 millones de negros.
A parte de estas grandes masas de seres humanos semidesnudos, cuantos hermanos nuestros en nuestro propio entorno carecen de ropa necesaria. Cuantas personas se puede ver aún cubiertas de unos miserables andrajos, del todo insuficientes para  guardarles de las inclemencias del tiempo, de la lluvia o la nieve.
Y no afecta este estado de cosas tan lamentable solamente a los mendigos, que se dedican profesionalmente a pedir limosna de puerta en puerta, y viviendo a expensas de la caridad  de los demás, llegados a ese estado por el vicio o la enfermedad.
S. Benito llama la atención sobre la obligación que tenemos de practicar, en cuento sea posible, las obras de misericordia, y por ello nos presenta este instrumento y los que le siguen. Vestir al pobre es lo mismo que vestir a Cristo. Estaba desnudo y me vestisteis, dirá en  el juicio. Y con alguna frecuencia se ha complacido mostrarse como un pobre necesitado.
A los pobres los ha elegido el Señor para hacerlos herederos de su reino dice la epístola de Santiago, por tanto no los deshonréis.
No siempre el monje podrá hacer esto directamente, pero lo que si siempre podrá es cubrir la reputación del hermano, que es darle un vestido más precioso que el material.
Cubrir su reputación delante de los demás. La desnudez del cuerpo envilece a los ojos  de los hombres. La desnudez del alma ante los ojos de Dios. Los que acuden a nosotros en busca de los vestidos de la gracia santificante que han perdido. Es un consuelo el poder ser medio para devolver la vida de la gracia a esas pobres almas, por medio de la fidelidad a nuestra vocación.
San Juan en el Apocalipsis nos habla de otra desnudez por la que nosotros quizás también podemos gemir. Es la desnudez de la tibieza, de la ausencia de virtudes.
Las palabras del Apocalipsis son fuertes: “Tu dices que eres  rico y que estas en la abundancia y que no careces de nada. Y no sabes  que eres un desgraciado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Yo te aconsejo que adquieras de mi oro puro, probado por el fuego y te vistas de vestiduras blancas para ocultar tu desnudez. (Ap. 317-18)
Los monasterios deben ser un semillero de santidad para el mundo, pero es necesario  que la santidad florezca en ellos, para que esparza la semilla.  Aspiremos a tener el vestido de las virtudes y  para esto es preciso la lucha. Al que venciere  se le dará una vestidura blanca y no borraré su nombre del libro de la vida. (Ap. 3,5)

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