209. Aborrecer la propia voluntad.

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No poner por obra los deseos de la carne. Aborrecer la propia voluntad. (4,59)

Hoy reflexionamos la segunda parte de este instrumento, aborrecer la propia voluntad.
La voluntad propia es enemiga de Dios. Dios nos ha creado únicamente para que hagamos su voluntad. Todo el servicio de Dios consiste en hacer su voluntad y toda su gloria por parte de las criaturas consiste en el cumplimiento de su voluntad.
Pero hay un enemigo que puede arrebatar a Dios su gloria y su reino sobre las criaturas. Es la propia voluntad. Turba el orden de la creación, y tiende a destruirla en lo que a ella dependa.
¿Que es la propia voluntad? San Bernardo dice que es:”lo que no nos es común con Dios ni con el prójimo, sino que exclusivamente nuestro. Lo que queremos no es por gloria de Dios ni por utilidad del prójimo. Lo queremos por nosotros mismos. No tenemos intención de agradar a Dios, ni de servir al prójimo, buscamos únicamente la satisfacción de nuestro apetito. La voluntad propia es diametralmente opuesta a la caridad que es Dios. Es el enemigo de Díos. Le hace una guerra muy cruel. Que no halla voluntad propia y no habrá infierno”.
Es una larga cita de S. Bernardo, pero creo que es iluminadora a este respecto, ya que cuando la propia voluntad está en la misma línea de la de Dios, ya no se puede hablar de voluntad propia, prevalece la de Dios como nota de esa voluntad.
Cuanto más sigamos nuestra propia voluntad, más nos alejaremos de Dios y más se alejará Dios de nosotros privándonos de sus gracias y luces.
En segundo lugar podemos observar como también la voluntad propia es enemiga del prójimo, porque la voluntad propia no es otra cosa que el egoísmo. Es el buscarse a sí mismo por encima de todo. Cosa detestable y escandalosa para los que son testigos. Por el contrario, la abnegación y el olvido de sí excitan la admiración.
Muchos son los males que suelen venir en una comunidad por causa de una maldita voluntad propia. En una comunidad en la que todos están buscando el bien de los otros, si se introduce la voluntad propia, se introduce el disgusto y la fatiga.
Una comunidad que vive en un clima de felicidad y dicha, si se introduce la voluntad propia, aparece la angustia.
No hay más que un corazón y un alma, pero si se introduce la propia voluntad se siembra la división, se destruye la caridad que deja lugar a un frió egoísmo y el odioso “cada uno para sí”.
Se pasa de lo que era un paraíso, a un verdadero infierno. Todo el mundo hace sufrir y nosotros hacemos sufrir a todo el mundo a causa de nuestra propia voluntad.
Aún más, la propia voluntad es enemiga de nosotros mismos, pues cegando la fuente de la abnegación, ciega la fuente del gozo, porque Díos ha unido nuestra dicha al sacrificio generoso de nosotros mismos, y de nuestras comodidades.
La voluntad propia también nos tiraniza si nos hacemos servidores suyos.
“El hombre, dice S. Pedro Damiano, no tiene carga más pesada que llevar, que a sí mismo. No hay tirano más cruel, amo más exigente y más duro que la voluntad propia. No nos deja un momento de reposo, no nos deja respirar. Cuanto más ve que nos fatigamos por obedecerla, más nos empuja, más no aguijonea y carga. No tiene piedad ni misericordia. Tiene de propio la propia voluntad, que cuento más se la obedece más pesadas cadenas nos impone”.
Finalmente, la voluntad propia nos despoja de todos nuestros méritos, si es ella el motivo de nuestras acciones. Nos priva de muchas gracias, porque Dios la derrama sobre aquel que renunciando a su propia voluntad, se abraza a la de Dios.
El abad Abrahán decía. “Nuestra pérdida está en la satisfacción de los deseos de nuestra voluntad”

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