207.- Lucha contra los malos deseos.

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– No poner por obra los deseos de la carne. Aborrecer la propia voluntad. (4,56)

Si queremos desprendernos de las satisfacciones naturales, para así poder llegar a dominar la carne, el hombre viejo y su propia voluntad, para no convertirnos en esclavos de nuestros apetitos, es preciso que estemos decididos a abrazarnos con el sufrimiento.
Naturalmente sentimos horror a todo sufrimiento. Sin embargo es el camino necesario para llegar al fin de nuestra vida cristiana. Nuestra entrada en el monasterio supone una renuncia a todo apetito desordenado y nos invita a trabajar todos los días en desprendernos del hombre viejo, para ser crucificados con Cristo. Y nuestra sensibilidad impide esta configuración con Cristo.
S. Benito ofrece a través de su Regla el camino para que algún día pueda decirse de nosotros con verdad, lo que decía Pablo a los Filipenses “estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” O poder decir como él: “estoy crucificado al mundo”.
El amor a Cristo que nos ha empujado a su seguimiento en la vida monástica, tiende a hacernos participes de su pasión.
Todos los bautizados estamos llamados a una unión con El, sin embargo la inmensa mayoría nos quedamos en el camin
o. En el fondo es por no haber logrado dominar el horror que causa a nuestra naturaleza el sufrimiento. Solamente el que se decide abrazarse con energía inquebrantable a cualquier sufrimiento, pidiendo al Señor las fuerzas para ello, alcanza las alturas de la unión con Dios. Así lo dice Sta. Teresa como condición absoluta para realizar nuestra vocación:”muy determinada determinación”.
Quien no tenga ánimo para esto, ya puede renunciar a la santidad y nunca logrará ser feliz en el monasterio.
Es preciso tener ideas claras en cuanto a la necesidad del sufrimiento. Es necesario tanto para morir a las apetencias naturales, como para la cristificación. S. Pablo se atreve a decir que a la pasión de Cristo le falta algo (Fil. 1,24) que deben poner sus miembros, cooperando con él a la redención.
Jesús dejó claramente trazado el camino para llegar a la unión con Él. “El que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mat, 16,24) No hay otro camino posible, pues si lo hubiese, Jesús que tanto nos ama, nos lo habría enseñado. Es preciso abrazarse a la cruz y seguirle no solo hasta el Tabor, sino hasta el Calvario.
Y no para contemplar con dolor como le crucifican, sino para dejarse crucificar con él.
La comodidad moderna podrá buscar sistemas de santificación cómodos y fáciles, pero todos está inexorablemente condenados al fracaso. S. Juan de la Cruz dejó escrito en una de sus cartas: “Si en algún tiempo le persuadiese alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no le crea ni abrace aunque se lo confirme con milagros…y si quiere llegar a poseer a Cristo jamás le busque sin la cruz”.
La excelencia del sufrimiento la podremos vislumbrar considerando sus ventajas para el alma.
A través de él, expiamos nuestros pecados., se somete la carne al espíritu, como dice S. Pablo: “castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre”. Es un hecho comprobado que cuento mas comodidades tenemos, más exigencias sentimos. El sufrimiento nos ayuda a desprendernos de las cosas de la tierra, ya que nada hace caer en la cuenta de que el paso por la tierra es un destierro, como las punzadas del dolor. Nos hace verdaderos apóstoles. Es incalculable la fuerza redentora del dolor ofrecido en unión con el de Cristo. Pío XI dijo que aquellos que se dedican a la oración y la penitencia hacen más por la proclamación del reino de Cristo que los que trabajan directamente en el campo del Señor.
El espíritu de sacrificio también nos asemeja a Jesús y a María. Esta es la mayor excelencia del sufrimiento cristiano. S. Pablo consideraba una dicha poder sufrir con Cristo, a fin de configurarnos con El en sus sufrimientos y muerte. De si mismo afirma que vive crucificado con Cristo y no quiere gloriarse más que de la cruz de Cristo.
Y al lado de Jesús, Maria, la Corredentora de la humanidad caída. Las almas enamoradas de María sienten especial consolación en poderla acompañar en sus dolores inefables. Ante la Reina de los Mártires, ¿No sentiremos vergüenza buscar siempre comodidades y regalos?
No se quiere entrar por el camino de la cruz, de busca una santidad pero cómoda, fácil, que no exija la renuncia a sí mismo.

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