206.-Los malos deseos.

publicado en: Capítulo IVa | 0

No poner por obra los deseos de la carne. Aborrecer la propia voluntad. (4,59)

Encontramos de nuevo con un instrumento que tradicionalmente era considerado uno solo, y que en versiones más recientes como la de Iñaki-Colombás dividen en dos. Por eso el número tradicional de 72 instrumentos en esta traducción figuran 74 instrumentos.
Consideramos la primera parte de este instrumento: “no poner por obra los deseos de la carne”. Con este instrumento S. Benito declara la guerra a tanto a los deseos carnales de una naturaleza caída, cualquiera que sea su materia, como a la propia voluntad.
La naturaleza caída, el hombre viejo y la propia voluntad tienen con frecuencia deseos culpables y nuestro deber es resistirlos.
Ceder a estos deseos sería caer en la infidelidad. No solamente debemos combatir los malos apetitos, es decir los que están en contra de la ley de Dios, los apetitos de gula, pereza , lujuria, cólera, envidia, deseos de venganza, espíritu de independencia, etc. Sino también aquellos que son peligrosos y conducen con más o menos probabilidad a deseos culpables, como pueden ser la curiosidad, búsqueda de aquellos placeres, que aunque no sean pecaminosos, pueden ser peligrosos. Así tal lectura que agrada pero tiene el peligro de absorberme la atención y por otra parte no se tiene el deber o necesidad de hacerla. Este instrumento invita a renunciar a tal lectura.
En el monje que quiere seguir a Cristo, la obligación va aún más lejos. Debe vigilar sobre aquellos deseos naturales, que sin ser pecado ni ocasión de pecado, son obstáculos a su vocación. Así si una ocupación agradable, legítima en sí, pero no necesaria, le es motivo de distracciones y de aflojar en la vida espiritual, aunque puede ser muy provechosa para otro hermano, deberá proceder con mucha prudencia y reserva.
En una palabra todo apetito de nuestra naturaleza, que impida o frene nuestro caminar hacia Dios, debe ser sacrificado sin compasión, si es algo culpable, rechazado o combatido si es peligroso, atentamente vigilado, si supone un obstáculo a nuestra vocación de monje cisterciense.
Si los apetitos son legítimos y según Dios, podemos y a veces debemos satisfacerlos, pero nunca hacernos esclavos de ellos. Hacer las cosas por el único motivo de que nos agradan, no es criterio y no pocas veces puede ser un obstáculo para nuestra vocación.
Tenemos que vigilar para no ser engañados con sutiles pretextos, diciendo ser gloria de Dios a aquello que nos agrada. Incluso cuando comenzamos una acción con intención pura, el hombre viejo puede hacerla desviar alterando la recta intención y arrebatándo el mérito. Aún en las cosas más antas como la lectura, la oración, la comunión, en las consolaciones divinas que recibimos, tenemos que estar vigilantes para no degenerar en la búsqueda del placer en lugar de la búsqueda de Dios.

Dejar una opinión