82.-Conclusión del capítulo segundo.

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82.-Conclusión del capítulo segundo.
 Y así  al mismo tiempo que teme sin cesar el futuro examen del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se cuidará también de la suya propia, y mientras que con sus  exhortaciones da lugar a los otros a enmendarse, el mismo va corrigiéndose de sus propios defectos. (2,39-40)

 

San Benito termina el capítulo segundo en compañía del Maestro y nosotros también lo terminamos de comentar, con unas frases que insisten una vez  más en la cuenta  que debe dar el abad de todas y cada una de las almas de los monjes, añadida por supuesto la suya propia.
Este pensamiento lo llenará de santo y saludable temor, y mientras procura que los demás se enmienden de sus defectos, él mismo  se irá purificando de los propios.
Una descripción, más que definición de la santidad, podría ser  esta: la muerte a sí mismo, para poder dar lugar a la unión perfecta con Dios.
La vida contemplativa, como toda vida religiosa, no tiene otra labor que hacer, si no es purificar el amor propio, para poder unirse a la voluntad de Dios con todas las potencias del alma, así sometidas a la voluntad divina. Vemos esta es la labor que hace D. Benito abad del monasterio de Gethsemani  con el Hº Joaquín.
Pero puede suceder que bajo pretexto de vida contemplativa, se  pudra alguno en un egoísmo, buscándose  refinadamente a sí mismo, se hace una pequeña ermita en sí mismo y todo en honor del amor propio.
Se pueden encontrar religiosos aparentemente  piados, a los que no se puede tocar  sin que se les venga  abajo toda su sacristía, y se llenen de turbación.”Tangitmontes, et fumant”, toca a los montes y echarán humo (salmo 103)
Si tenemos el verdadero celo por las almas, tendremos el verdadero amor de Dios y nos olvidaremos de nosotros para estar atentos a la divina voluntad.
En cualquier lugar que estemos, en el trabajo, en la oración, en lugar de languidecer en distracciones o buscando en qué ocupar la mente, podemos recorrer el mundo posando nuestro recuerdo y súplica por tantos sufrimiento, calamidades, ofensas a Dios, por todos los necesitados de la gracia de Dios. En la Sta. Misa ofrezcamos al Señor y nos ofrecemos con él por el mundo entero. Este es un verdadero espíritu monástico,  que como a Sta. Teresa del Niño Jesús, el mundo le parecía pequeño y el tiempo limitado para extender su celo misionero.
Si las gracias de contemplación corrían tan abundantemente  en los monasterios  de Sta. Teresa, según su propio testimonio, era porque  las religiosas  practicando todas las virtudes que las llevaban a la unión con Dios, y esto les acrecentaba el  celo por la salvación del prójimo.
Si leemos atentamente los “Anales” de nuestra Orden, se advierte que los siglos de santidad han sido los siglos de celo apostólico. Y el celo es y ha sido siempre un canal de gracias para los monasterios.
Orando y sacrificándonos por la extensión del Reino de Cristo, obtendremos misericordia para nosotros mismos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Todo lo que hacemos por los demás, lo considera el Señor como hecho a él mismo.
Pensando en las miserias de los otros, lejos de olvidar las propias, las sentiremos  con más viveza. Podemos dar gracias a Dios si no hemos caído en la misma falta, ya que en lo que cae un hombre es capaz de caer otro, sin un auxilio de la gracia. Este pensamiento mantenía en la humildad y el agradecimiento a Sta. Teresa del Niño Jesús. Pidiendo y trabajando por la conversión de los otros, alcanzamos la gracia de la propia perseverancia.
Con este celo, los trabajos, las penas,  las austeridades, la oración personal y coral, adquieren un nuevo sentido.  No se languidece en el camino de la perfección. Cuanto mayor sea su celo, mayor será su fervor y su felicidad por estar unido a Cristo en su obra redentora.

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