81. Celo de las almas.

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81. Celo de las almas.
 Sepa una vez más que ha tomado sobre sí, la responsabilidad de dirigir almas y por lo tanto debe estar preparado  para dar razón de ellas. Y tenga también por cierto, que el día del juicio deberá dar cuenta al Señor de todos y cada uno de sus hermanos, que ha tenido bajo su cuidado y por supuesto, de su propia alma. (2,37-38)

 

Es la quinta vez por lo menos, que en este capítulo recuerda S. Benito al abad, que sobre todo está encargado de las almas. Y que de este cuidado  ha de dar cuenta.
El celo de las almas ha de ser la primera virtud del superior y también  tiene que ser una virtud de todos los monjes. La caridad exige de nosotros el celo de las almas. Es imposible recitar el Padrenuestro sin sentir la necesidad  del celo por la salvación de las almas.
Pedimos en efecto que el nombre de Dios sea santificado y glorificado.  Pero su gloria es que la criatura  consiga el fin para el que ha sido creada. Deseamos que venga su reino, y  se extiende su reino dándole a conocer  a los hombres. Pedimos que se haga su voluntad. Y su voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.  Jesús  expresaba este deseo cuando decía: “Fuego he traído a la tierra  y  ¿que otra cosa quiero, sino que arda?”
Si le amamos, hemos de esforzarnos en  colmar su deseo de ver llegar a la gloria a todas esas almas que le han costado tantos dolores, toda su sangre, pues las ha amado hasta la muerte y muerte de cruz.
Si no tenemos celo por la salvación de las almas, ¿podremos decir que realmente amamos a Dios? Oh insondable misterio que de la santificación de unos pocos, dependa la salvación de muchos, dejó escrito en la encíclica Mystici Corporis, Pío XII.
El amor de Dios y del prójimo es un solo amor, si se tiene, se tiene para los dos y si falta también faltará  para los dos. Cuando más cerca de Dios está un alma,  más intenso es su amor al prójimo. Ahí tenemos el ejemplo de Sta. Teresa del Niño Jesús que lo confirma abiertamente.
Amar al prójimo es procurarle el bien que le es necesario. Si la limosna material es un deber, ¿qué diremos de la espiritual? Es infinitamente más preciosa y necesaria.  Y todos estamos en posibilidad de darla. Se la debemos a todas las almas, pero ciertamente hay algunas por las que tenemos una particular obligación. Pero todas son objeto del amor de Cristo.
A esto nos obliga nuestra vocación. El sentido de la consagración en la vida religiosa por el voto de castidad, según dice el PC nº 12, es para más amar a Dios y a los hermanos.
Todos somos miembros  de un mismo Cuerpo, somos la Iglesia y cada uno lo hace desde su vocación peculiar. A nosotros nos ha tocado  lo que podemos llamar el mismo corazón de la Iglesia. La C. 31 dice”la vida monástica fielmente  vivida, está íntimamente unida con el celo por el Reino de Dios y la salvación de todos los hombres. Los monjes llevan en su corazón esta solicitud apostólica.”
La vida contemplativa es una forma peculiar de participar en la misión de Cristo  y de la Iglesia. En consecuencia,” por mucho que urja  la necesidad del apostolado activo, no pueden ser llamados a colaborar en los distintos  ministerios pastorales, ni presentar su servicio en actividades externas” PC 7.
La C. 31 es como el modo de poner en práctica  el nº 7 del PC. Y años antes Pío XI,  el Papa de las misiones, había dicho que “los que se dedican a la oración y penitencia hacen más por la extensión del Reino de Cristo que los que trabajan directamente en el campo misionero.” Y al leer esto, los misioneros dijeron: que razón tiene el Papa al afirmar esto.

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