80.-Buscar el Reino de Dios.

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80.-Buscar el Reino de Dios.
 Y para que no se le ocurra poner como pretexto la escasez de bienes materiales, recuerde lo que está escrito:”buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura”. Y en otra parte:”Nada les falta a los que lo temen”. (2,35-36)

 

Con estos dos párrafos  finaliza el párrafo propio de la RB en este capítulo 2.
Este entregarse con mayor empeño a lo espiritual, es un tema que  trata la “Carta de Cesáreo”, pero con un enfoque diferente. Cesáreo quiere que el abad esté ocupado en lecturas santas y en la oración. La RB quiere que el abad se preocupe con mayor intensidad en el cuidado de las almas. Solo esta frase encontramos como fuente en la Carta de Cesáreo. En el resto de ella, no se encuentra ningún aviso a los superiores para no dejarse absorber por los cuidados temporales.
En la RM se desarrollan estas ideas, pero no con respecto al abad, sino del prepósito. Este tiene como  principal trabajo velar por los hermanos de su decanía.
San Gregorio, en los Diálogos cuenta una curiosa historia de un abad que ponía en peligro las almas de sus monjes, para remediar la pobreza material del monasterio.  Y por el contrario, en los milagros que narra de S. Benito se ve un modo de obrar totalmente contrario.
La providencia de Dios se ocupa de todas las criaturas  “¿por qué os inquietáis  por lo que tenéis que comer y beber? ¿Acaso  vuestro Padre del Cielo no sabe que tenéis necesidad de todo eso? Cinco pájaros se dan por dos cuartos y ninguno de ellos es olvidado  por el Padre del Cielo. Considerar los lirios de los campos, no trabajan ni hilan, y están mejor vestidos que el mismo Salomón en toda su magnificencia. Si Dios alimenta así a los pájaros y viste a las hierbas del campo, ¿Cuánto más os dará a vosotros lo necesario?” Lu.12, 22-30 Y termina con la promesa formal  que S. Benito hace suya: “Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”
No solamente se ha de entender de los bienes espirituales, sino también de los temporales que son necesarios. Basta que se lo pidamos, e incluso ni siquiera exige esto, porque  nuestro Padre conoce nuestras necesidades. Pidámosle el Reino de Dios, que está dentro de nosotros, y todo lo demás se nos dará por añadidura.
La providencia no se ha comprometido a satisfacer  todos nuestros deseos, aún los más legítimos en apariencia: cese de persecuciones, curación de una enfermedad, pago de una deuda…ni tampoco a realizar nuestros planes personales, ni a hacer milagros. Todo esto podemos pedirlo y esperarlo de su misericordia, pero no se nos concederá sino en cuento sea útil a nuestra santificación.
La Providencia es Dios infinitamente bueno, justo, poderoso. Nos conduce a nuestro fin por caminos amorosos, pero quizás un tando desconcertantes para nuestros planes humanos.
Por consiguiente, lo que podemos y debemos esperar de la Providencia  son los medios de santificación. Dios ciertamente nos dará los bienes temporales necesarios  y útiles a nuestra alma.
Para obtener los bienes temporales necesarios, debemos buscar ante todo el reinote Dios. Es el mismo Jesús el que ha puesto esta condición. Buscando la gloria de Dios encontraremos nuestra ventaja espiritual y material.
Si buscamos sinceramente la voluntad de Dios, estaremos contentos con todo lo que nos depare el Señor. Puede parecer que nos olvida en ciertos momentos, que nos abandona en necesidades extremas. No hay que desalentarse, pues tienen un  objetivo que nos es desconocido.
Para salir airosos de una empresa por difícil que parezca, hay que estar seguros  antes, de que Dios lo quiere, y después  se ponen los medios humanos conformes con su voluntad y finalmente hay que esperar el resultado. No pretendamos alcanzar algún fin sin poner lo que está de nuestra parte. Cuantas veces lo he experimentado.
Aquí tiene plena aplicación el dicho ignaciano de confiar y esperar como si todo dependiese de Dios y obrar como si todo dependiese de nosotros.

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