75. Corrección de los negligentes y despectivos.

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75. Corrección de los negligentes y despectivos.

 Pero le amonestamos a que reprenda y castigue  a los negligentes y a los  despectivos. (2, 25, parte)

 

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San Benito se refiere en este párrafo a faltas de malicia cometidas deliberadamente. Con este tipo de faltas, además de la ofensa que se hace al Señor, aún cometidas de modo aislado, constituyen una gran pérdida para el alma y el principio de mayores males. No sólo hacen perder los méritos, sino que debilitan la virtud adquirida, y relajan la  buena voluntad.
Por todo esto no se deben dejar  estas faltas sin corrección e incluso castigo, dice S. Benito.
Se ha de poner gran cuidado en evitarlas y si se llega a caer en alguna, la prontitud en acusarse, y espiarla con la penitencia, renovando un generoso propósito, se evita el mal.
Una falta bien reparada, puede  producir más utilidad que perjuicio, pero descuidada, conduce poco a poco  a las faltas de costumbre.
En cuanto a las faltas habituales que tienen su origen en la negligencia, son las que aquí hace referencia S. Benito.
 Advertidos tanto externamente por el superior, como internamente por la conciencia, quizás se ha tomado una buena resolución, pero se vuelve a caer, y esto con una facilidad cada vez mayor.
 Y se dan estos síntomas poco tranquilizadores, el horror al pecado desaparece, la exigencia de las obligaciones se borran, la voluntad se debilita más y más. La conciencia  ya no se siente con tanta fuerza y se hace  esclavo de una triste costumbre contra la cual se estrellan inútilmente todas las reprensiones que pueda recibir.
Las luces de la fe y los esfuerzos  del mismo monje son vanos. El mal es difícil de curar. Pero no es imposible.  La reflexión sobre la verdades eternas,  acompañada de actos de oración ferviente, puede conseguir remontar la corriente.
Hay que evitar contraer malos hábitos, reprendernos de las menores infidelidades, reparar sin tardanza las más pequeñas negligencias, para no llegar a esta triste situación, que por desgracia he visto acontecer repetidas veces en los años de mi vida monástica, sin necesidad de acudir a hechos que narra la historia de tiempos pasados.
En cuanto a las faltas de desprecio, los “contemnentes,” despectivos  traduce Iñaki, podemos decir que si se deben poner todos los medios para combatir las faltas de negligencia, mucho más  para que el hábito no se convierta en desprecio. Esto es lo más funesto y temible en un monasterio.
Desde el momento que un monje tiene la desgracia de contraer ese hábito, pierde el espíritu de su  estado, no tiene la disposición esencial del religioso, el deseo de conversión, y por consiguiente, se hace una oveja descarriada.
S. Benito quiere que en estos caso se emplee todo el rigor, aunque con  paciencia, prudencia y caridad.
 En esta perversa situación hay diversos grados, y se puede caer en ella con más facilidad de lo que se cree.
Hacer conscientemente lo que sabemos nos está prohibido, no tener en cuentas las reiteradas amonestaciones, resistir más o menos abierta a las ordenes recibidas, obligar a que  a acceder a los superiores a nuestros caprichos,  etc. Estas faltas y otras semejantes, si llegan a ser habituales, llevan al desprecio formal que siempre es grave.
Vigilemos para evitar poder caer poco a poco en esa clase de monjes que S. Benito llama “negligentes et contemnentes”. El haberlos visto  en más de una ocasión nos advierte  que cualquiera  puede llegar a serlo. 

 

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