70.-Obligaciones del superior

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70.-Obligaciones del superior

El abad debe imitar en su pastoral el modelo del Apóstol cuando dice: reprende, exhorta, amonesta. Es decir que adoptando diversas actitudes, según las circunstancias, amable unas veces, y rígido  otras se  mostrará exigente como un maestro inexorable y entrañable con el afecto de un padre bondadoso. (2,23-24)

 

San Pablo en 2 Tim. 4,2 le dice a su discípulo que en el gobierno de su iglesia, reprenda, exhorte  y amoneste.
El deber de corregir destaca sobre los demás deberes que tiene el superior por su importancia y por su dificultad.
La RB dedica a este tema dos párrafos, 23-24 y sigue en esto a la RM, pero los párrafos que siguen del 26 al 29 en la RB, de notable dureza,  no se encuentran en la RM al menos como hoy la conocemos.
En el primer párrafo hace hincapié en acomodarse a las circunstancias y variedad de situaciones, idiosincrasias y comportamientos  de los monjes, cuando trate de corregir y reprender.
Sobresale la hermosa frase en la que S. Benito pide al abad que se muestre exigente como un maestro y tierno como un padre.
El Espíritu Santo guió a S. Pablo en su celo apostólico, por el bien de sus hijos, a proceder  de este modo y así lo encargó a su discípulo Timoteo.
Y es el Espíritu Santo el que hoy no cesa en nuestro interior, si estamos atentos, de instarnos amorosamente. Si nos fijamos en nuestra experiencia, vemos que unas veces lo hace con fuertes golpes, que nos han hecho estremecer. Otras con suaves toques amorosos. Va alternando, de modo que durante toda nuestra vida nos sigue con una persecución amorosa, en todo tiempo y en todo lugar.
S. Benito quiere que el superior apoye esta acción del Espíritu Santo, para cooperar en la obra de la cristificación del monje. Para ello deberá emplear unas veces la dureza del maestro y las más el afecto piadoso del padre.  
Si nos hacemos  sordos a las llamadas del Espíritu Santo, en lugar de adelantar, retrocederemos muy  pronto. Así lo demuestra la experiencia repetida a través del tiempo.
Si dejamos de combatir, las malas inclinaciones naturales se extienden y agrandan.  Cesamos de combatir cuando cesamos de animarnos al combate. Si tratando todos los días de no abandonar la oración, la lectura, etc. encontramos dificultades, ¿que será si nos abandonamos? Mientras estemos en este mundo, no esperemos tener una posesión de la virtud sin lucha. La virtud adquirida se pierde en el momento que se deja de luchar, porque vuelven a renacer los vicios  con toda su fuerza, según enseña S. Bernardo.  En el camino de la búsqueda de Dios nunca estaremos al término final.

 

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