68.- Amar a todos

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68.- Amar a todos

No haga en el monasterio discriminación  de personas, a no ser a quien hallare mejor en buenas obras y en obediencia. Si uno que ha sido  esclavo entra en el monasterio, no sea pospuesto a  libre, de no mediar otra causa razonable. (2, 16-18)

 

En estos párrafos como en los que les seguirán, S. Benito hace hincapié  en  otro  punto importante, la imparcialidad del superior con respecto a los monjes. Las discriminaciones infundadas son odiosas. Por eso le dice al Abad que ame a todos por igual. Aplicará a todos, sean de la clase que sean, ya no hay esclavos pero si distintos niveles sociales, las mismas normas porque Dios no hace favoritismos. Pero como es justo, atenderá a las necesidades y méritos de cada uno. Lo cual no impide cierta facilidad en el trato con algunos porque imparcialidad no es sinónimo de uniformidad a raja tabla.
¿Conocería S. Benito el caso del abad Silvano y su discípulo Marcos, calígrafo de profesión? El anciano lo amaba a causa de su puntual obediencia. Ahora bien, tenía otros once discípulos y estaban tristes  porque lo amaba a él más que a ellos.  Los  ancianos de la colonia anacorética en que vivían, se enteraron de esta situación y fueron a ver a Silvano y le reprocharon su preferencia.
Silvano se justificó de este modo. Fue con sus  visitantes a llamar a la puerta de las celdas de cada uno de sus discípulos diciendo: “hermano tal, ve acá, que te necesito”. Pero ninguno se apresuró a responder a esta llamada. Llamó luego a la celda del calígrafo, y apenas oyó su nombre, Marcos dejó lo que estaba haciendo, salió y el abad lo mandó a cierta comisión. Silvano dirigiéndose a sus visitantes les dijo: Padres, ¿dónde están los otros hermanos?
Entraron en la celda y comprobaron que Marcos  había dejado sin terminar la letra omega en su cuaderno de copista. Y entonces los ancianos dijeron: Abad al que tu amas, nosotros también lo amamos, y Dios lo ama. Tal es la historia de la letra empezada y no terminada que ilustra la excepción de la regla sobre la imparcialidad.
No se comete ninguna injusticia en preferir a los hermanos más obedientes.
Esta conducta que S. Benito manda al superior, bien puede ser aplicada a las relaciones de todos los monjes. Cierto que un religioso sobrenatural no tiene preferencias caprichosas  con sus hermanos, a no ser en la medida observada por el mismo Dios.
Desde el momento en que sólo veamos a Jesucristo en nuestros hermanos tendremos que practicar con todos ellos el amor de benevolencia  que tenemos para con nuestro Señor. Hemos de desear y trabajar por el bien de todos,  y si tenemos alguna preferencia será para aquellos que veamos más fieles o necesitados.
En todos nuestros juicios seremos indulgentes como nuestro Señor. Y como El,  tendremos una mirada más benigna para con las falta aisladas o de debilidad. Más severa para las faltas  de costumbre o de malicia.
Debemos procurar tener para todos la misma paciencia, pues nuestro Señor tiene paciencia con todos. Finalmente seremos abnegados para con todos  y con un celo sincero por la santificación de sus almas. Las faltas nos pueden entristecer pero no indignarnos. Y cuanto más expuestos les veamos a perderse, más oraremos por ellos.
Todos nuestros hermanos tienen que sernos almas muy queridas, puesto que las ama nuestro Señor. Nuestros pensamientos deben extenderse a todos, y si tenemos un recuerdo más íntimo de alguno de ellos, que no sea fruto de un capricho egoísta sino de un motivo de celo sobrenatural, a ejemplo del buen pastor que deja las 99 ovejas del rebaño para buscar a la que se había extraviado.
Nuestras palabras nos pueden traicionar. Por esto podemos hacernos algunas preguntas para detectar si hay alguna desviación en nuestro proceder en orden a la caridad, manteniéndonos en un nivel sobrenatural.
¿No hay alguno que criticamos con mayor facilidad y condenamos en nuestro interior más severamente o acusamos con algo de amargura?. ¿No puede darse el caso de aprobar y disculpar en uno, lo que condenamos en otros sin razón de peso para esta distinción?. ¿No tendremos un lenguaje amargo o duro con un hermano, mientras con otros hablamos siempre con dulzura sin cansarnos nunca?
Aún en el monasterio, podemos tener una conducta desigual si nos dejamos arrastrar por nuestra tendencia natural. Con la verdadera caridad tendremos un solo corazón y una sola alma, y todos los intereses serían comunes.
Por tanto tenemos que tratar de mostrarnos con todos respetuosos, afables, prontos a prestar servicios. Todos son hermanos.
Esto también nos puede dar pie para reflexionar sobre el pensamiento de S. Elredo a este propósito, basados en sus dos obras: Espejo de la caridad y La amistad espiritual. Estos libros reflejan una mirada positiva de la enseñanza de S. Benito sobre el amor mutuo. 

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