67.-No juzgar

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67.-No juzgar

Y a la inversa, cuanto indique a sus discípulos que es nocivo a sus almas, muéstrelo con su conducta que no deben hacerlo, no sea que después de haber predicado a otros, resulte que él mismo se condene y que así mismo un día tenga Dios que decirle a causa de sus pecados: ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes  siempre en la boca mi  alianza, tu que detestas mi corrección y te echas a la espalda mis mandatos? Y también ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? (2 13-15)

 

Estas palabras tan severas, S. Benito las pone en boca de Dios y se las dirige al abad culpable de malos ejemplos. Pero también  podemos aplicar a cada uno de nosotros la verdad que encierran. Nadie tiene derecho a juzgar y condenar a nadie fuera de los cauces evangélicos previstos por la normas de la Iglesia.
Nuestro orgullo nos hace ser severos para cualquier autoridad  y en general para los hermanos. Puede ser que  sienta un secreto placer en encontrar faltas, incluso en las menores negligencias.
Tanto más debemos desconfiar de esta propensión cuanto nos hace ver una paja  en el ojo ajeno y nos impide ver un poste en el nuestro. Tenemos que ser muy reservados en dar sentencias sobre los demás. Todos tienen derecho a nuestra indulgencia. Y Dios es el que puede juzgar porque conoce el interior de cada uno.
Si vemos acciones evidentemente culpables, no podemos disculpar la acción, pero ¿y la intención? Divulgar  las faltas de los demás, es hacer un mal a toda la comunidad. Tampoco sabemos la fuerza de la tentación  que ha sufrido.
Para no condenar lo mejor es no juzgar. Nadie nos ha encomendado el juicio, sobre todo, cuando no tenemos  por el cargo que dar cuenta de la conducta de los demás.
Dios ve las cosas en su totalidad, nosotros solo parcialmente y a través del prisma de nuestros pequeños intereses. Por eso tenemos que desconfiar de nuestro juicio por lo general severo para los demás, cuanto más condescendiente  con nosotros mismos.
Hemos venido al monasterio para seguir a Cristo, no para imitar a tal o cual hermano. Cierto es que todos tenemos que dar buen ejemplo en palabras y obras, pero esto no quiere decir que tengamos que tomarlos por modelo.
Todos los hermanos son imagen de Cristo. Cuando oramos ante un crucifijo, lo de menos es que sean de marfil, mármol, madera o cobre. Así tenemos que ver a Cristo, y solo a Cristo, en el superior o en el hermano. En el crucifijo buscamos y vemos solo la expresión del amor de Dios al hombre. En los hermanos hemos de buscar la presencia de Dios en ellos. Si vemos algo que nos desagrada, será motivo de una oración particular por ese hermano.

 

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