62.-Buen ejemplo

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62.-Buen ejemplo

Por tanto cuando alguien acepte el título de abad, debe enseñar a sus discípulos de dos maneras. Queremos decir que mostrará todo lo que es recto y santo más a través de su manera personal de proceder  que con sus palabras. De modo  que a los discípulos capaces les propondrá los preceptos del  Señor con sus palabras, pero a los duros de corazón y a los simples  les hará descubrir los mandamientos  divinos con la conducta del mismo abad.  (2,11-12)

 

A partir del párrafo 11, sigue el cap. 2 con  una serie de directrices  y algunas se repiten insistentemente, lo que prueba la importancia que les da. El orden no aparece por ninguna parte. Diríamos que nos encontramos ante la redacción directa, sin elaborar, de una retahíla de consejos que un abad ya anciano y con experiencia da a su sucesor.
S. Benito recuerda un principio de suma importancia que los monjes antiguos no cesaban de inculcar. La doctrina del maestro debe ser doble. El abad debe enseñar con sus palabras y con su ejemplo. Y mas con su ejemplo que oralmente. Debe mostrar con su propia conducta lo que es bueno y santo, practicándolo él mismo y abstenerse de hacer lo que de palabra ha dicho ser nocivo  para el alma. Es asunto de sinceridad y honradez, pero también de adaptación a los diversos caracteres y temperamentos en que tanto insiste la RB, principalmente en este capítulo. Prevé en una comunidad algo numerosa, diversos tipos de caracteres, con una nota de realismo muy propia de la RB.
Este proceder es parte importante en la formación; la Constitución  45 sobre la formación señala como parte muy importante  la función del abad.  Y en la C 33, 3 dice que el abad, maestro en la escuela de Cristo, es guardián de la fidelidad de los discípulos a la tradición monástica, aliménteles con el don de la palabra de Dios y con su ejemplo.
Estos párrafos de la RB que hoy comentamos tienen una enseñanza que se puede aplicar a todos, tanto al abad como a los monjes. Es la importancia del buen ejemplo.
Sin duda se exige de una manera más urgente de los que participan de la  autoridad, pero el buen ejemplo se exige a todos.
Tenemos que amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos, y  prestarles según nuestras facultades, los auxilios temporales y espirituales que necesiten.  Pues bien, un auxilio que necesitan es el ejemplo.
A cada uno de nosotros se le pedirá cuentas del alma de nuestro hermano, y es gran responsabilidad si se ha perdido por culpa nuestra.
Tendremos que responder de todos los malos ejemplos que hayamos dado, poniendo obstáculos a su camino de fidelidad. Y esto tiene tanta más importancia cuanto se trata de almas que han sido miradas con un amor de predilección por el Señor.
El buen ejemplo es uno de los mayores bienes de la vida religiosa. Hemos venido al monasterio con la esperanza consciente o inconsciente de encontrarle.
S. Benito prevé que se pueden encontrar en la comunidad almas sencillas, que solo a través del ejemplo encuentran el camino de seguimiento, y almas indisciplinadas, duras, que solo con el buen ejemplo puede trasformarlas. Siempre será un estimulante para los débiles.
¿Quién podrá valorar la triste influencia del mal ejemplo en una comunidad?. Cuando un monje se convierte por su conducta habitual en piedra de escándalo, S. Benito llega a mandar sea separado de la comunidad para que no contagie a los demás. Así como el buen ejemplo induce al bien, del mismo modo el mal ejemplo arrastra al mal.
Así como tendremos que dar cuenta de los malos ejemplos,  sobre todo si han sido dados con conocimiento de causa y en puntos esenciales, del mismo  modo, tendremos el mérito de los buenos ejemplos. El mal ejemplo tiene a veces consecuencias que se perpetúan y son muy difíciles de reparar. Si reflexionamos en esto, comprenderemos las duras palabras del dulce Jesús: ”Hay de  aquel por el que viene el escándalo”.
El buen ejemplo tiene menos fuerza a causa de la corrupción de nuestra naturaleza. Pero todos los actos de virtud que podamos haber suscitado con el buen ejemplo, se nos computarán como méritos propios.
Y lo dicho sobre la influencia del buen ejemplo se confirma con un ejemplo. Según un relato de D. Gabriel Sortais:
En una comunidad poco ferviente, ingresó un señor ya mayor como hermano, quien se dio a la oración prescindiendo del ambiente que le rodeaba. A los pocos años su buen ejemplo había contagiado a toda la comunidad, convirtiéndose en una comunidad ferviente.

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