61.- El abad y su misión.

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61.- El abad y su misión.

La fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que es designado con su sobrenombre. (2,2)

Tanto en la RM como en la RB,  nada tiene tanta importancia como el abad. La importancia  primordial que se reconoce de este modo al abadiato, contrasta con el último lugar que Agustín designaba en su directorio al superior.
La unión de corazones y la comunidad de bienes  de los que  nuestra regla nada dice en su comienzo, era con lo que comenzaba la regla agustiniana. Son dos perspectivas claramente distintas. Por un lado la comunión en S. Agustín. Por otra “scola” del Maestro y de Benito.
En una escuela, como es natural, nada hay más importante que su doctor, el maestro, el abad.

 

También hay un contraste análogo entre nuestros autores y Basilio,  que también se dirige a los superiores tardíamente. El procedimiento del Maestro y de Benito nos hace pensar en Orsiesio en su Liber. Éste escrito, que se aproxima, más que ningún otro, al género literario de  nuestra regla, comienza como ella, con amoniciones a los superiores, y solo después, se ocupa de los simples hermanos cuyo primer deber es la obediencia.
¿Cuáles fueron las causas que influyeron en cambiar la dirección inicial de Pacomio?. Los sucesores carecían del carisma del fundador y tuvieron que dar primacía a la autoridad.
Se ha querido ver como dos corrientes distintas entre Pacomio y Casiano, Alto Egipto y Bajo Egipto, cenobitismo  y semi-anacoretismo. Se quiere ver como dos espiritualidades diferentes y sin comunicación. Las preocupaciones sobre el tema que nos ocupa, serian fundamentalmente opuestas. Por una parte el espíritu de servicio del pensamiento, del humilde y bondadoso Pacomio que no quería más que ser un centro de comunión de los hermanos, y por otro, la figura del padre espiritual, en los medios anacoréticos, análoga a maestro en la didascalia urbana, que Casiano había transpuesto indebidamente a un marco cenobítico inventado por él. Esta imagen habría entrado en la misma congregación pacomiana, pero solo después de la muerte de Pacomio, y por la falta de carisma de sus sucesores. Esta  es la que Casiano ha legado al monacato occidental, tan marcado pro su influencia, y la que encontramos en la RM y la RB.
Estudios recientes atribuyen a Pacomio una espiritualidad más conforme con las aspiraciones de nuestra época que al testimonio que se desprende de los documentos pacomianos. Tienen razón al resaltar el ideal de comunión fraterna de Pacomio, y de la Iglesia primitiva en la que se inspira, y el hecho de que prefiera el cenobitismo a la vida solitaria. Son características que distinguen claramente su obra de otras concepciones cenobíticas, en particular la de Casiano.
A la pregunta de ¿qué es un abad?, nuestros autores ven en él al representante de Cristo en el monasterio. ¿Qué quiere decir esto?. Esta fórmula aparece como una síntesis  de la doctrina expuesta  el Maestro en varios pasajes  de los que no queda casi rastro en Benito.
Estos pasajes eliminados por RB pueden resumirse del modo  siguiente. El abad  es un laico que ejerce una función análoga a la del obispo y pertenece como él a la categoría de los doctores; es decir, los miembros que Jesucristo ha puesto a la cabeza de su Iglesia en los últimos  tiempos, después de los profetas del AT  y de los apóstoles de los que son sucesores legítimos los doctores.
  La  Iglesia propiamente dicha está regida por el obispo, mientras que  el abad gobierna solamente una escuela de Cristo o monasterio. Así como el  obispo es asistido por  sacerdotes, diáconos y clérigos, del mismo modo el abad es asistido por lo prepósitos.
 Ambas jerarquías, eclesiástica y monástica, pueden invocar las palabras  dirigidas por Cristo a los apóstoles y a sus sucesores: “apacienta mis ovejas”, “sabed que estoy con vosotros hasta el final de los tiempos”, “el que os escucha vosotros, a mí me escucha”. Para la RM el doctor es sucesor de los apóstoles, como el obispo, pero recibe esta cualidad del mismo obispo.
La jerarquía monástica no está directamente vinculada a Cristo, pero se inserta en cada generación a la única jerarquía instituida por el Señor, la de la Iglesia.
Ya se trate de la bendición abacial,  o de las relaciones del monasterio con la iglesia, la RM no  hace más que conformarse con el pensamiento y la práctica comunes en su tiempo. En el siglo VI la ordenación del abad por el obispo era un rito indispensable para asegurar a cada monasterio un gobierno legítimo. Una serie  de decisiones conciliares y papales, reconocen  plena autoridad en su dominio en este  gobierno. Incluso la designación del nuevo abad por el antecesor era el sistema que estuvo vigente en Roma desde Símaco hasta Félix IV, es decir en la época del maestro.
Por tanto, ni la RM ni RB innovan cuando hacen del abad el vicario de Cristo en el monasterio, homólogo al obispo. Su principal originalidad consiste en sistematizar ciertos pensamientos que estaban más bien latentes que formulados.
Esto lo confirma la RM con una lectura discutible de  1 Cor. 12, 28 y Rom 8,15. Aparentemente estas dos citas son nuevas, pero la idea que ilustran no lo es. El Maestro, al formularla, no hace más que dar una forma precisa a lo que  comúnmente se pensaba desde hacía siglos. Así, el abad es en cuanto doctor, sucesor de los apóstoles y  representante de Cristo en cuanto abbas.
Importa poco  que Benito suprimiese el final del cap. 1 y resumiese el cap. 2.  Conserva concisa pero intacta toda la doctrina de la RM.

 

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