56.- Figura renovada del superior. Cómo debe ser el abad.

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56.- Figura renovada del superior.
Cómo debe ser el abad. Cap. 2.-

Antes de entrar en el comentario de la figura del abad, tal como la presenta el capítulo 2 de la RB, hacemos alguna reflexión sobre  la renovación actual de la figura del superior.
Podemos hablar con más propiedad de renovación, que es algo más profundo, que una mera reforma. Las reformas  correspondieron a las necesidades de la Iglesia del tiempo del Concilio Tridentino, cuando la estructura de la vida religiosa se había derrumbado, aunque hubiera mucha vitalidad en los religiosos. Hoy la estructura y organización estaban sólidas. Lo que se necesita es una inteligencia  profunda y sabrosa de la vida religiosa.
La LG enfoca la visión de la Iglesia desde un plano más esencial: su constitución de Pueblo de Dios, o sea de convocación  y comunión. Se afirma la primacía de la vida espiritual y su fecundidad por encima de  de la rigidez de la organización.
Pero la Iglesia también es sociedad que tiene sus leyes, es una institución organizada. Pero esta organización o leyes están  ordenadas a acrecentar el amor y la vida. La institución, el poder no son fines a los que cada uno tiene que servir. El fin es la trasformación y consagración del fiel a Dios de toda la vida.
Esta orientación  tiene su incidencia en la figura del superior religioso. Sea cual sea el nombre con que le designan las diversas órdenes.
Y lo primero que podemos plantear es si es necesaria su figura, ya que  algunos la han puesto en duda.
Es una cuestión  ociosa. La comunidad por el hecho de ser lo, exige alguna organización que mantenga la unidad vital. Es una consecuencia de la consideración de la Iglesia como sociedad. La vida misma es ya una organización de elementos que la integran. Una suma de elementos no constituyen a un ser vivo.
Para que se de una verdadera comunidad religiosa no basta una suma de personas juntas. Esta vinculación es la que constituye  la estructura de la vida de comunidad.
La Iglesia  sigue manteniendo la exigencia de un superior en toda comunidad religiosa:”cuya presencia reconocida como tal es indispensable en toda comunidad” ET 25.
La razones, aparte de las jurídicas, que también tiene su valor porque tienen su origen no sólo histórico, sino también ontológico en Cristo, la autoridad es signo y sacramento del encuentro de los hermanos que buscan y quieren ser plenamente fieles a su compromiso evangélico. La autoridad es necesaria  por tanto para ser signo de la fidelidad y expresión de la obediencia (incluido el superior)  al querer de Dios que se manifiesta a quienes le buscan unidos.
En cuanto a razones de orden práctico son numerosas: La comunión de vida tiene que ser animada y orientada;  algunas personas necesitan cuidado particular; a veces no se llega a la suficiente clarificación de la voluntad divina y ha de intervenir la autoridad; el mantenimiento de los vínculos entre los miembros de la orden; la Santa Sede requiere una persona física, no moral para tratar los asuntos.
Cierto que teóricamente pueden darse excepciones en los que no se viese esta necesidad, dada la madurez de los miembros, o su organización reducida que les aproximasen al ideal de S. Francisco de Asís, en que todos  rivalizasen en obediencia y servicio.
Pero aunque se diesen estos casos de comunidades ideales, la razón teológica sigue en pie.
No obstante todo lo dicho, ha tenido lugar un cambio de mentalidad respecto a la autoridad en el que han intervenido diversos factores internos y externos a la vida religiosa.
Los factores internos son los únicos que tiene verdadera validez. En la raíz creo que está la nueva eclesiología nacida del Vaticano II  y la renovación de los estudios bíblicos. Tomando la Biblia como punto de reflexión  se ha descubierto  por debajo del superior tradicional lo que hay de auténticamente bíblico y las añadiduras de los tiempos.
De la base bíblica  nació el Padre del Desierto, que se pasó a jefe de la comunidad cristiana y se configuró  bajo la forma de paterfamilias romano.  Tres roles unidos con el tiempo en uno solo.
Estos tres  principios se desarrollaron  según un orden lógico e histórico a la vez. El punto de partida fue el padre del desierto, que adornado  de tantos valores sobrenaturales se le hizo  padre espiritual de la comunidad y su autoridad revistió  la forma del paterfamilias romano, asimilándose así  la autoridad religiosa a la civil. Se ha llegado así a formas  que desfiguraban la imagen de Cristo, a quien representaba. Quedaron un tanto a la sombra los criterios dados por Cristo a sus discípulos sobre el modo que tenía que ser la autoridad entre ellos. El incremento de los estudios bíblicos ha puesto más de manifiesto est e aspecto.
Hay que partir de los textos de Mat. 20,25-28; Marc. 10, 35-45; Luc. 22,24-27. en los que  dice que no sean sus discípulos igual que los que gobiernan el mundo. Por tanto la Iglesia, misterio de Cristo y Pueblo de Dios no puede acomodarse al modelo de la sociedad civil, sino al evangélico.
En la Iglesia la autoridad es “diakonía”, el más grande es el servidor. En el NT siempre aparece la autoridad como “exusía” y no como “dínamis” y el superior no es el “grator”, el que tiene poder, sino “uxía” que la Biblia describe como un poder hacer, o sea el que despeja el camino  para que los demás puedan hacerlo, el que posibilita que los demás puedan realizar su vocación, posibilitar el Reino. Pero muchas veces esto se entiende de modo equivocado, desde un punto de vista meramente exterior.
En Juan se encuentran tres elementos  que si no se entienden correctamente pueden desorientar. Por una parte insiste que Cristo tiene autoridad, cuando insiste que es Dios. Dice que tiene poder, que puede dar la vida. Así rebate a los gnósticos  y bautistas. Pablo dirá que Cristo tiene la supremacía en todo.
Por otra parte Juan dice que Cristo no hacía nada por su cuenta, siempre cumple la voluntad del Padre. Así combate a una serie de herejes  que hablando en nombre propio, les quiere demostrar que ni el mismo Cristo obraba en nombre propio, sino del Padre.
La tercera idea de Juan es la de la “diakonía”, el servicio de Cristo, cuya expresión suprema fue dar la vida.
Las tentaciones de Cristo fueron precisamente  pasar de la “exusia” a la “dínamis”. Convertir en provecho propio, lo que era  para los demás. Tentación que pueden sufrir los superiores  de modo más o menos sutil.
De modo distinto pero llegando a la misma conclusión enseña a los discípulos a ser como niños en Mat.  18, 1-5 y Marc. 9 3-37
Por tanto no basta en este aspecto bíblico  que el superior diga: ”Si quieren, hagan”. No sólo debe abrir camino, debe urgir para que hagan libremente, sin imposiciones. Ayudar a dejar pasar la luz de Dios y nada más contrario a este espíritu evangélico  que el velar por encima de todo para conservar el prestigio, obrar políticamente, ya que este modo va por camino distinto del evangelio.
Además de la reflexión bíblica hay algunos factores externos que han ayudado a descubrir la autoridad en la Iglesia y en la vida religiosa.
Cambio de mentalidad respecto a la autoridad. No se la considera  procedente inmediatamente de Dios, por lo tanto como algo sagrado. Cierto viene de Dios, pero  dada la constitución del hombre como ser social así querido por Dios, la autoridad no es para ponerse por encima de los demás, sino para servir a los demás.
Tránsito del verticalismo al horizontalismo. De una visión piramidal en la que se tiene mayor autoridad según se acerca a la cúspide, se pasa a la visión horizontal, en la que todos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones fundamentales. Cada uno en su puesto, tiene que ayudar a los demás.
Cambio de una obediencia incondicional a una obediencia responsable, del paternalismo a  la fraternidad. Un paternalismo, que si era bueno no ayudaba a la madurez del religioso, y si era tirano podía causar verdaderos desequilibrios, o por lo menos una vida de angustia, que no tiene nada que ver con el evangelio.
Estos principio, tiene que ser bien entendidos, sobre todo los dos últimos, que merced a la ley del péndulo podemos llegar a resultados contrarios en su aplicación tan antievangélicos como los que desfiguran la autoridad por exceso.
Muchas crisis  de los religiosos por causa de la autoridad provienen de una falta de inteligencia y de aceptación del verdadero sentido de la vida religiosa.
No olvidemos que una de las preguntas del hombre en la sociedad comercial y técnica es sobre el problema del sentido de la vida, reducida muchas veces a una vacía rutina. Se siente dolorido a  verse convertido en “hombre-masa” de una enorme máquina impersonal.
Al entrar en el noviciado se ha querido “huir “de esta vida vacía que aliena. Si en comunidad se ve envuelto en una obediencia  que solamente favorece el bien de una sociedad impersonal, se pone en duda el verdadero sentido de la vida religiosa. Cuando se enfoca debidamente este aspecto se siente capaz de la entrega generosa y total. Necesita el estímulo del sacrificio y del padre.

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