55.- Como debe ser el abad.

publicado en: Capitulo II | 0

55.- Como debe ser el abad. (Cap. 2)

En la RM los cap. 2 y 3 de la RB  forman un solo capítulo. A primera vista  la RM hace del directorio del Abad un todo completo, seguido de un párrafo sobre el consejo, que se distingue claramente de  él, y que hace las  veces de apéndice. Pero examinado con atención, más de un rasgo une este anexo al cuerpo del tratado.
Y esto no lo hizo la RM sin razón, pues a su juicio el consejo de los hermanos le concierne directamente, o mejor exclusivamente al cargo abacial, ya que el abad debe tomar todas las decisiones, pero debe contar con las luces de los hermanos  en lo que concierne a la administración temporal.
Benito nada hace para aflojar los vínculos que unen al abad con el consejo, aunque  trate estos temas en capítulos separados. Sin embargo, esta disociación  superficial, va acompañada en el capitulo tercero, por un refuerzo de las prerrogativas abaciales con respecto al consejo de los hermanos y de una redoblada atención a los deberes del abad en este campo.
También el capitulo 64 de la RB hay que verlo a la luz de este capítulo 2º. Mediante la atención a estos tres capítulos se tiene una visión de conjunto bastante amplia  sobre la relaciones entre la comunidad y el abad.
La vida benedictina se apoya en la paternidad abacial. Si se niega o se desconoce, podrá subsistir la estructura institucional, pero vacía de su carisma animador, de su alma. Quedaría reducida a una función administrativa.
Pero en el pensamiento  actual está desapareciendo toda paternidad porque bajo diversos aspectos se ha desarrollado el tema de la muerte del padre.
El marxismo condena toda forma de paternalismo, en las realizaciones de reivindicación social.
El existencialismo se presenta con frecuencia como ruptura y reacción frente al medio familiar tradicional.
El psico-análisis  ha descubierto que el hombre no llega a la edad  adulta sino en virtud exclusiva de una liberación  del súper-ego identificado frecuentemente con la autoridad paterna.
Quizás por estas corrientes, desde hace algunos años se presenta como problema la obediencia filial. Examinado el fenómeno detenida- mente, la dificultad  no se basa en la obediencia misma, ya que se suele aceptar gustosamente una obediencia horizontal fraterna.  Pero la obediencia “vertical” filial, causa repugnancia para algunos.
Y no es que rechacen solamente las formas abusivas o exclusivas (tiránicas o paternalistas) sino su mismo principio. Se desea ser únicamente “hijo de Dios”.
Para combatir esta tendencia de rechazo al padre,  es importante desarrollar una teología de la paternidad  espiritual. He aquí algunas consideraciones generales.
Toda paternidad humana, carnal o espiritual, en el pensamiento de Pablo, manifiesta al Padre que está en los cielos. “Doblo mi rodilla ante el Padre de quien toma su nombre  toda familia en los cielos y en la tierra” (Ef. 3, 14-15) Y en gálatas 3, 18 en las que se enumeran las diferenciaciones que en virtud de Cristo quedan superadas, no menciona la relación padre – hijo, como  algo superado en esta nueva situación. Es más, la relación padre – hijo no solamente debe mantenerse en esta nueva etapa de Cristo, sino que debe realizarse sobre nuevas bases, ya que la revelación esencial del NT es el de la revelación de la paternidad divina.
La paternidad divina es un  constitutivo del mismo ser de Dios, es una prerrogativa  propia de Dios e incomunicable. “No llaméis a nadie Padre  en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mat 23,9) Por esto toda paternidad humana es solamente un reflejo, un eco, y como el sacramento de la paternidad divina.
Esta es la base más honda sobre la que desde el principio del cristianismo, aparece en oriente  el nombre de “padre espiritual”, abbas,  que significa algo absolutamente nuevo con relación al AT.
Esa novedad arranca de la relación trinitaria. El “abba, Padre” en la oración de Jesús  expresa un matiz de intimidad absoluta, impensable en la oración judía.
Por tanto rechazar la paternidad espiritual o pretender prescindir de la misma, equivale a negar no un cuadro psicológico  o tipo de paternidad ya superadas (el patriarcado primitivo, el paterfamilias romano) sino negar el sacramento de la paternidad divina, porque la práctica de la paternidad  espiritual es un reconocimiento de la única paternidad divina, de su manifestación en las diferentes formas de participación humana.
Si Dios se revela al hombre como un ser  cuya vida íntima se desarrolla no  en la independencia, sino en la interdependencia de las personas divinas entre si, la dependencia filial del hombre aparece como una dimensión nueva de su libertad, y con un aspecto nuevo de su capacidad de amar.
Solamente cuando un aspirante a la vida benedictina admite, asimila y asume esta relación filial, se encuentra en condiciones de entrar en el monasterio, porque  entonces es verdadero adulto.
Haciendo de la frase de S. Juan una transposición, (1 Jn.4, 20) a este tema o a su equivalente de la obediencia, podría decirse:” El que no obedece al  padre a quien ve, no sabrá obedecer al Padre que no ve”, el que no puede llamar a alguien padre con un corazón filial, ¿cómo podrá hacerle gritar el espíritu del Hijo Abba, Padre”
                  Por encima de estas consideraciones, atendiendo ahora a la RB, vemos que el monasterio está en manos del Abad. Le dedica dos extensos capítulos y lo nombra 130 veces en la regla. Pero sería un error creer que en el monasterio todo gira en torno a él. El monasterio siendo una comunidad de monjes que busca a Dios, y cuya vida está centrada en Cristo
Sin embargo, en medio de esta comunidad, Cristo está representado por el abad en perfecta línea del carácter sacramental de la economía salvífica, según la cual  Dios nos hace visible su propio misterio mediante su manifestación, bajo apariencias, signos y realidades humanas. 

Dejar una opinión