52.-Espíritu del sarabaíta.

publicado en: Capitulo I | 0

52.-Espíritu del sarabaíta.
 Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, o a veces viven solos, encerrándose, sin pastor, no en los apriscos  del Señor, sino en los  propios, porque toda su ley se  reduce a satisfacer sus deseos. Cuanto ellos piensan o deciden lo creen santo y aquello que no les agrada  lo consideran ilícito (8-9)

S. Benito describe lo que podemos llamar el espíritu del sarabaíta. En primer lugar dice que vive sin pastor. La oveja sin pastor está expuesta a perecer. El tener un superior en la vida religiosa es una gran gracia, pero a la vez conlleva sacrificio, porque hay que someter la voluntad y el juicio al juicio y voluntad de un hombre y no por un día ni por los dos años de noviciado, sino de por vida.
Esta entrega  es la manifestación del don completo de sí mismo, es la muerte del amor propio, que en realidad no muere totalmente, y puede  revivir. Por eso siempre duele.
El monje que tiene este espíritu sarabaíta, tal como lo ve S. Benito, no tal cual fuese en la realidad,  comienza a sacudir el yugo del superior, se retira paulatinamente, evita las visitas o encuentros con él  para librarse  de obediencias que le aprisionan,  consigue permisos largos que le eximan  de recurrir  con frecuencia a una autoridad que le molesta.
Al aislamiento suceden muy pronto la desconfianza y el desdén. Critica, desprecia, condena los consejos y direcciones del abad. Se llena de  orgullosa suficiencia. Es decir, va por el camino que separa de Dios.
La segunda nota es vivir sin comunidad, de dos en dos  o de tres en tres, o solos. Por numerosas que sean las ovejas, desde el momento que se separan del pastor, ya no forman un rebaño, sino que es un grupo de ovejas descarriadas. La oveja en el aprisco no tiene más que seguir a las otras  para encontrar su camino, sus pastos, su abrevadero.
El sarabaíta carece de todas las ventajas que procura la comunidad, su rebaño, si tiene alguno, es la reunión de ovejas errantes. Camina al azar sin saber donde va.
 El monje que vive en comunidad con espíritu sarabaíta es desgraciado. Alejado del superior porque le pesa la obediencia, no tarda tambien  en separarse de sus hermanos cuyo compañia es una carga.  Entonces hace él mismo su comunidad. No hace nada como los otros, nada con los otros  y se retira cuanto puede de los ejercicios comunitarios. Si tiene un empleo, procura aislarse en él como en una fortaleza, para no tener que comunicarse  más que con su amor propio. Y Dios quiera que no encuentre  otros con el mismo espíritu, formando así otro aprisco, no el del Señor. Un hogar del mal espíritu.
La tercera característica del espíritu sarabaíta es que no tiene mas regla que el propio capricho. A esto se llega cuando se aisla del superior o de los hermanos. La concupiscencia convertida en señora ejerce sus derechos, pero no de pastor, sino de tirano.
 Es el que manda y exige que se le obedezca en todo y al instante:”toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. Llama bueno a lo que le gusta y malo a lo que le disgusta”. Incluso se toma el derecho de perseguir  a los otros en aquellas cosas que le molesta y condenarlo como malo.
En un monje que ha dejado todo  por Cristo y que vive en el monasterio, ¿Se puede dar esta situación? Ciertamente existe en un grado más o menos pronunciado en todo aquel que no vive unido a su superior por la filial obediencia y a sus hermanos de comunidad con un espíritu de caridad. Por eso podemos afirmar  tristemente que se dan estos casos y el mensaje que nos traen es como el de Jesús en el Huerto, a los tres apóstoles que le acompañaron:”velad y orad para no caer en la tentación”.

Dejar una opinión