49.- Aquellos que no con un fervor de novatos

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49.- Aquellos  que no con un fervor de novatos en la vida  monástica, sino  tras larga prueba en el monasterio aprendieron a luchar contra el diablo, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir. (3-5)

                 Volvemos a estos párrafos sobre los solitarios, pues tienen unos rasgos importantes también para los cenobitas.
                  Para que una virtud sea sólida, tiene que pasar  por tres pruebas, tanto se trate de solitarios como de cenobitas.
       Señala que una virtud para ser probada, no basta el fervor de novato, o sea lo que podemos llamar la prueba del tiempo. Aunque necesaria, no es suficiente ella sola.  Puede darse el caso de religiosos  que han envejecido en el monasterio, no han llegado a adquirir virtudes sólidas. Pero el tiempo es necesario para que se conozca la existencia de la verdadera virtud.
        En los primeros años, dejándose llevar de las impresiones, se puede uno creer que ya posee la virtud por tener  un horror sensible al vicio, las verdades de la fe impresionan, descubre cada día horizontes desconocidos que apartan su atención de las criaturas. Así se cree ya libre de ceder ante el mal
         Los ejercicios de la vida monástica son nuevos para él y esta novedad produce un fervor sensible que impide caer en la rutina. Y sobre todo los consuelos sobrenaturales  con los que Dios suele colmar al alma en los principios de su conversión, para apartarle de los vicios, hacen olvidar  fácilmente los sacrificios que le impone la vida ordinaria.
         Es posible que su virtud sea sincera, pero también puede suceder que tan solo sea imaginaria. La prueba del tiempo aquilata esa virtud, para discernir si estaba realmente en la voluntad, o solamente en la imaginación.
          Por desgracia, se pueden encontrar monjes que aun ancianos, que parece que tienen virtud, cuando se dejan llevar de impresiones, pero decaen  cuando la imaginación deja de sostenerlos.
          Puede suceder que para algunos la vida religiosa sea una larga serie de favores sensibles  y relajamientos  o decaimientos. En otras palabras, un perpetuo dejar seguir sus gustos a la naturaleza.
          Por esto a la prueba del tiempo hay que añadir la prueba de la experiencia. Para que una virtud sea sólida, tiene que pasar por las prueba a del combate y del sufrimiento, de las tentaciones, de las humillaciones, de los cargos, de las contrariedades, de las persecuciones, de las calumnias, de las arideces, del disgusto, del desaliento.
          Es necesario conocer las artimañas del enemigo y el modo de vencerle. Todo esto  lo pueden enseñar los libros y los maestros espirituales, pero lo mejor que pueden darnos es teoría. Solo  la experiencia da la ciencia práctica, que nos afianzará en las virtudes. No podremos decir   que conocemos los senderos de la vida si no los hemos recorrido nosotros mismos.  Esta es la causa que monjes aparentemente virtuosos, pueden naufragar en algunas pruebas. Es fruto de su inexperiencia.
           La tercera prueba de virtud que señala S. Benito para el solitario es lo que podemos llamar del valor o la decisión. “Con el solo auxilio de Dios”.
          Algo es conocer al enemigo y saber con qué armas le podemos combatir, pero no es suficiente… La virtud sólida  es la que con la gracia de Dios vence en las luchas, sin necesidad de consuelos de otro. El monje cuya virtud está sólidamente probada, el combate le es muy fácil. En los principios  necesitaba ser confortado, consolado, alentado. Fácil.. Ya no deja escapar murmuraciones y quejas, pues le ha confortado la prueba y sus luchas pasan desapercibidas. Le basta la mano, dice S. Benito, para rechazar al enemigo.
          Abre su corazón al padre espiritual y le da a conocer sus penas, dificultades, pero lo hace no para recibir consuelos, sino para ser aconsejado y así cumplir mejor su deber…
           A la vista de los demás, procura manifestar siempre la calma, no deja traslucir sus combates, sus repugnancias interiores. “sin socorro ajeno” dice Benito La fuerza está en la gracia de Dios.
           Ante estos rasgos de lo que es una virtud  probada o sólida, con los que S. Benito describe al  anacoreta, procuremos  desarrollarlas en la vida cenobítica.

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